Alejandro Finisterre / In memoriam

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Foto: EFE

“Cuando vaya a dar a luz, echadme a la mar: quiero dar a luz estrellas de mar. Soy de Finisterre, soy marino, echadme a la mar en submarino de pino de Finisterre (sin pintar), ¡echadme a la mar!” Alejandro Finisterre

por Lola Zavala

El 9 de febrero de 2007, murió Alejandro Finisterre (Alexandre Campos Ramírez). Un personaje interesantísimo: es el inventor del futbolín, pero fue muchas otras cosas más: albañil, vendedor de versos en los cafés, aprendiz de imprenta, inventor, trashumante, aventurero, republicano, republicano exiliado, escritor, editor, bailador de claqué, secuestrador de un avión, amigo del Che, albacea de León Felipe, miembro de Real Academia, autor de piezas de ballet.

Alejandro nació en Finisterre el 6 de mayo de 1919. A los cinco años se trasladó a La Coruña y a los 15 a Madrid a estudiar el bachillerato. Su padre se arruinó y no pudo pagarle el colegio, así que Alejandro trabajó de albañil y por las noches escribió versos que vendió en los cafés. Cuando tenía 17 años, en 1936, una bomba cayó en su casa y quedó sepultado entre los escombros. Fue trasladado al hospital de la Colonia Puig de Montserrat, en Barcelona.

Le gustaba mucho el fútbol, pero no podía practicarlo pues se había quedado cojo. A ese hospital llegaron muchos otros niños refugiados a los que, como a él, la guerra había mutilado o herido y tampoco podían jugar. Así que se puso manos a la obra y con la ayuda de un carpintero vasco, Javier Altuna también refugiado, ideó el futbolín. Lo patentó en Barcelona en 1937.

Tras el triunfo del franquismo tuvo que huir a Francia, cruzando a pie Los Pirineos. En el macuto sólo llevaba la patente, una lata de sardinas y dos obras de teatro: Helena y Del amor y de la muerte. Llovió a cántaros durante 10 días y, lamentablemente, todos los papeles que llevaba se convirtieron en argamasa. A pesar de semejante trauma volvió a escribir. Lo hizo siempre.

Firmó alguna cosa como Simplicio Revulgo y toda la vida escribió versos.

Tiempo después peleó por aquella patente y consiguió dinero para irse a Ecuador, ahí fundó la revista Ecuador 0º 0 0, en cuya presentación conoció al entonces embajador de Guatemala quien lo convenció de fabricar los futbolines en su país. Y por azares del destino, estando en esas tierras le marcó, con su invento, unos cuantos goles al Che.

En Guatemala hubo un golpe de estado y al ser amigo del embajador de la República española, lo secuestraron y lo subieron a un avión con destino a Madrid. En pleno vuelo entró al baño, envolvió una pastilla de jabón en papel de aluminio y simuló que tenía una bomba y que la haría estallar si no volvían. Se ganó el apoyo de los demás pasajeros tras comunicar que era un refugiado español. El piloto accedió y el avión fue desviado a Panamá. Así fue como se convirtió en uno de los primeros secuestradores aéreos de la historia.

Más tarde en México se dedicó a editar. Fue amigo del poeta zamorano León Felipe, también exiliado. Y se dedicó a recopilar documentos suyos, en viajes y subastas. Salvó también documentos de otro poeta, el vasco Juan Larrea, que falleció en Argentina en 1980. Creó la editorial Finisterre en México, donde editó, con mimo de artesano, a León Felipe, Max Aub o Emilio Prados.

En su juventud fue bailarín de claqué en la compañía de Celia Gámez. Estando en Francia colaboró con el ballet del marqués de Cuevas y fue autor de varias piezas de ballet inspiradas en el folclor gallego.

Además del futbolín, tiene en su haber casi 50 inventos más, entre ellos, un pasahojas para pianistas (contaba que lo inventó por amor a una muchacha que tocaba el piano) y el basket de mesa.

Volvió a España en los años 70, vivió en Burgos donde continuó escribiendo siendo miembro de la Real Academia Gallega. Después se trasladó a Zamora donde gestionó la herencia del poeta León Felipe.

En 2004, en Oporto, lo homenajearon con una estatuilla y un concierto para bombos y futbolín.

Alejandro Finisterre murió en Zamora a los 88 años. Sus cenizas deambulan por el Río Durero a su paso por la ciudad de Zamora y en el Atlántico por el lado de Finisterre, su tierra querida. Una tierra de la que adoptó el nombre y desde donde brilla su sonrisa cada vez que un niño herido grita gol.

Foto: Mercè Gamell
Foto: Mercè Gamell

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