Caray, cuando te teníamos

Ilustración: Lola Zavala
Ilustración: Lola Zavala

por Juan Honey

Juan Gabriel es como la Coca-Cola: le gusta a ricos, pobres, cultos, incultos, pretenciosos, humildes y casi a la totalidad del rango humano (latinoamericano, en este caso). Ejemplo de persona hecha a sí misma, pareció mantener durante su vida entera un fuerte lazo con sus orígenes. “No tengo dinero” es una declaración de intenciones en sí misma y, al final, una reivindicación (quizá sin querer hacerla), ante una sociedad, la mexicana, profundamente estratificada, clasista, racista y machista. Ese primer gran éxito y él, evidente o no, suponen una pequeña revolución en el habitual pensar nacional, en ese gran lugar para ejercer la tan loada libertad, ahí donde nacieron las rancheras.

Con pocas excepciones, Juan Gabriel terminó por conquistar corazón tras corazón y mentes, de esas que piensan como las de la mayoría, y de las que piensan mucho, y bien. Así pues, mexicanos analfabetos, e híperalfabetizados se rindieron a su adoración. O si no, al menos a reconocer la gigantura de esta persona. Como dijo Monsiváis en una crónica sobre el divo de Juárez, Juan Gabriel hizo lo contrario de lo que la moda dictaba en su momento, y, sin embargo (o por eso), triunfó. Y triunfó porque logró conectar con lo que la gente pedía y necesitaba. Distinto (como siempre) de aquello que se dictaba desde Los Pinos o desde Av. Chapultepec. La música, el ritmo, las letras, el desparpajo, la sexualidad diferente y evidente.

“¿A usted le interesa mucho? Yo le respondo… Dicen que lo que se ve no se pregunta, mijo”, respondió ante una pregunta sobre su homosexualidad a un periodista (¿acaso importa el nombre de éste?). La respuesta, a pesar de ser Él quien la emitía (a diferencia de otros, Él sí se merece la mayúscula), tuvo un importante componente de valentía. Porque para machos, de verdad machos-machos, ningunos como los mexicanos. Nuestro mito nacional gira en torno al macho y sus ramificaciones se sienten, con fuerza, en cada una de las clases sociales. Desde las que no tienen dinero, a las que tienen todo para dar, de las más de derechas, a muchas de las más “progresistas”. El factor diferencial misógino suele permear cada uno de los intercambios, personales y económicos que hacemos (fenómeno en retroceso, afortunadamente).

El resultado de basar la identidad nacional y el éxito personal en ser lo más macho entre lo macho es que quienes no lo son, tienen que aprender a esquivar las prohibiciones no escritas, pero duras; difusas, pero mortales, a veces. Juan Gabriel fue, y es, grande porque logró que esas ingentes hordas de machos y machistas homosexuales salieran del armario, siquiera por minutos, en un éxtasis juangabrielezco y fueran capaces de rozar esa verdad interna y, supongamos felizmente, gozar por unos pocos minutos de sí mismos, de su propia sexualidad, de su intimísimo ‘yo’. Ahí estaban en sus conciertos, codo con codo, oficinistas, obreros, académicos, cada uno con su mujer e hijos, y cada uno, homosexuales irredimibles. Gritaban como nadie, se quitaban el chongo, les salían las maneras… Ese día era permisible sacar, vomitar, exorcizar eso que llevaban la vida entera escondiendo. Porque con Juan Gabriel a las brujas se les permitía salir y se les rendía pleitesía. Juan Gabriel era el carnaval pagano de la machista y súpercatólica sociedad mexicana.

Era un genio. Un poeta popular que tocó los temas que los mexicanos y los latinoamericanos tenemos a flor de piel. Música melosa, cansina, y mucho melodrama, pero que entra muy debajo de la piel y la oreja y que tarareamos sin darnos cuenta en el metro camino a la oficina (Monsiváis dixit). En cualquier momento podemos escuchar una canción de Juanga y sonreír y en en esa sonrisa sentir complicidad con nuestro alrededor. La complicidad que sea: del abandonado, del pobre, del enamorado, del gay.

Millonario y generoso. Sorpresivo. Dueño y señor del espectáculo. De los corazones de los ricos y de los pobres. De los homosexuales declarados, los escondidos, los desconocidos. Juan Gabriel fue un gigante y una de las pocas almas vertebradoras de un país que se cae a cachos. Porque podíamos discutir de lo que fuera, pelearnos, odiarnos, pero siempre nos quedaba Él. Más allá del bien y del mal. De la opulencia y la carencia. Género neutro en el mejor sentido. Ruta de escape de los desamparados, seguramente salvó más vidas con sus movimientos amanerados que los psicólogos del Locatel, esos que tratan con los suicidas potenciales.

Con la muerte de Juan Gabriel, México perdió a un gigante, a uno de los últimos grandes compositores, pero sobre todo, perdió el pegamento que nos hacía estar juntos… Al último recurso. Ya sin el Pípila, sin los Niños Héroes, sin Octavio Paz, y con el legado de Lázaro Cárdenas reducido a vulgares reformas neoliberales, ¿quién o qué nos queda, a todos y todas los mexicanos y mexicanas para poder decirnos y sentirnos y enorgullecernos del nopal en la cara?

Se nos fue pronto, a los 66. Y se fue en el peor momento. Me pregunto, con honestidad, ¿qué será de nosotros sin él? ¿Quién amalgamará Las Lomas con Iztapalapa si Juan Gabriel está ya en el cielo de los poetas? ¿Quién será la válvula de escape de millones de chicos y chicas a quienes no han explicado que ese otro camino es correcto también? ¿Quién nos deleitará con versos imposibles y estribillos tan pegajosos como la Kola Loca?

Lo único que podemos asegurar es que con su tenacidad, tras estos pocos días de habitar ahí, donde ya están Agustín Lara, María Félix, Carlos Fuentes y demás, ya habrá vendido unos cuantos millones de copias de discos cuyas canciones todos y todas terminaremos por conocer y cantar a todo pulmón. Borrachos y sobrios. Algún día. Cuando nos toque.

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