Chilango ‘forever’

Foto: Google maps

por Juan Honey

Desde hace unas semanas la ciudad donde nací dejó de existir. Dejó de hacerlo mientras yo me ataba los cordones de los Converse, mientras los habitantes de la metrópoli comían tacos de canasta, inventaban palabras, lidiaban con el tráfico. Nada iluminó el cielo para indicar inequívocamente el antes y el después.

Decir que la ciudad donde nací dejó de existir parece un absurdo, porque la ciudad donde nací dejó de ser la ciudad donde nací al minuto siguiente de mi primerísimo berrido. Parece un absurdo, pero cuando iba a la primaria, en mi colonia la gente todavía criaba cerdos –en una de sus callejuelas me di cuenta de que la versión de Disney dista mucho de la realidad–, se cocinaba con manteca en lugar de con aceite y había lavaderos de ropa públicos –de lavar a mano– que cobraban 5 [viejos] pesos por hora y cuyos desagües iban al descubierto. Cuando llovía, el traslado del hogar a la institución de enseñanza se volvía un calvario porque los caminos carecían de asfalto y la zona, rica en ojos de agua, nos lo mostraba presumida. Llegaron las lavadoras eléctricas baratas y los pagos chiquitos, fue nombrado como encargado de asfaltar  la ciudad el hermano del proveedor único de asfalto del país y se comenzaron a importar los cerdos de la China. Mi barrio, como decenas de otros, cambió en amplios sentidos.

Santo Domingo, junto a Ciudad Universitaria, en ese entonces empezaba a conformarse. Era una colonia sin papeles. De okupas pero llamados con otro nombre, porque los okupas de México se llaman paracaidistas y su razón para okupar no es la creación de espacios culturales que hagan el bien a la comunidad, ni tampoco la consecución de un proyecto ideológico o político, sino el conseguir un lugar donde construir un techo, primero, paredes, después, la regularización, al fin. Un espacio donde dormir, donde poder instalar una familia, formar relaciones sociales con vecinos y poseer una vida pobre, pero vida, al fin, y unos centímetros –que se caminan como kilómetros– menos pobre que antes.

Santo Domingo es y era un inmenso predio del tamaño de Barcelona que se habitó sin permiso de pronto y, de pronto, de la anarquía paracaidística surgieron un trazado urbano y casas de esas típicas de ese tipo de barrios que lucen su glorioso improviso con construcciones imposibles (ladrillo gris a la vista, rejas por doquier, techos de láminas de amianto y, al mejorar la situación económica de los inquilinos, ventanas de aluminio dorado y una segunda y luego una tercera planta añadidas con arbitraria forma). No lejos de ahí, en Villa Coapa, las vacas pastaban entre los autos y sólo había un par de supermercados. Por las noches pasaba el coche tirado por un par de burros que traía a la venta la leche tibia del establo. A golpe de crisis económicas y de dejadez en las políticas agrarias federales  la ciudad creció y creció y quienes ostentaban el poder de hacer algo al respecto optaron por tomar la decisión de la abstinencia. Si acaso, implantar el modelo Houston: mucha vivienda (la que fuera y del tipo que fuera), mucho Perisur y nada de espacios públicos de calidad. ¿Cuántos parques construidos durante los últimos 30 años triunfaron como lo hacen las plazas de Coyoacán, la de Tlalpan o alguno de esos enclaves de insondable neofresés en la Condesa o la Roma?

Barcelona tampoco es la Barcelona que era cuando llegué. Los taxistas entonces se atrevían a llevarte hasta las Ramblas y a partir de ahí había que caminar al hogar en el Raval. La calle Robadors parecía haber sido así nombrada en honor al oficio que, daba la pinta, se ejercía con asiduidad ahí. Subir de Princesa, en la Ribera, conllevaba riesgos, sobre todo para las turistas japonesas y sus bolsos. En el Gótico se mezclaban todavía quienes aquí vivíamos con aquellos que visitaban la ciudad por unos cuantos días. Hoy, por ejemplo, hay áreas y calles en las que de tanto turista ha devenido imprescindible la construcción de carriles exprés, especiales para los que se transportan (a pie). Es decir, para quienes viven aquí de manera permanente y que su afán de deambular por ahí no es la mera contemplación, sino el transporte. Esa Barcelona que viví al principio ha experimentado un cambio, como la noche y el día.

Las relaciones que uno tiene con los demás, las que se añaden, las que se restan, las que trasmutan, modifican, asimismo, las ciudades donde radicamos. Porque tu ciudad son sus calles estrechísimas o sus agigantadas avenidas;  su badulaque o su miscelánea de la esquina; la ventanita o el paqui para comprar cervezas a deshoras. Es, pues, tus amigos y el resto de tu vida social que es cualquier cosa menos algo estanco e inmóvil. A veces la simple reforma de tu bar de confianza te cambia más rutinas que el más feroz de los rompimientos con tu pareja.

Cuando digo que la ciudad en la que nací ya no existe me refiero a que al Distrito Federal lo defenestraron y en su lugar una pomposa asamblea constituyente constituyó la «Ciudad de México». Como siempre, retomaré al gran Juan Gabriel y lo citaré: «¿pero qué necesidad?». Suena a que la sobrina de alguien de esos que se ocupan de vivir de los votos y de los detritus de la democracia necesitaba un proyecto grande para sanear cuentas de su despacho de diseño gráfico. ¿Qué proyecto más grande que inventarse un logo y cambiar los membretes de todas las hojas, todos los sobres, todas las tarjetas de presentación de todos los funcionarios y de todas las funcionarias, actualizar todos los carteles, rehacer todos los sellos y todos los etcéteras correspondientes? Espetaron por radio, televisión y medios informativos electrónicos que ahora sí teníamos una ciudad de la cual enorgullecernos, moderna y progresista y un montón de sandeces más. ¿Qué nos van a decir quienes decidieron que necesitábamos algo que en realidad no necesitábamos y que, finalmente, hicieron sólo para hincharse de billetes los bolsillos de cuanta ropa vistieran, a lo René Bejarano… y peor? Los viejos conocidos. Esa gente a la que le gusta tanto darle a la retórica vacía como –y con- el dinero del contribuyente. Los dejas solos un par de minutos en el despacho del jefe y cuando vuelves se cargaron la ciudad y se adjudicaron entre salarios y prestaciones hasta los cirios de la catedral.

Además de lo anterior, a mí que el Distrito Federal, nuestro queridísimo y odiadísimo de-efe, ahora sea «Ciudad de México» me causa malestar por dos cuestiones. La primera porque se hizo una sinonimia entre «ciudad» y «estado». A los flamantes constituyentes se les olvidó que en el Distrito Federal todavía hay pueblos que no forman parte de la gigantesca urbe, esa sin nombre oficial, pero que llega hasta algún municipio de Hidalgo. Se les nota el código postal y que nunca han traspuesto la colonia del Valle, Polanco o las Lomas excepto para sentarse en sus curules, ahí en el centro o en San Lázaro.

La segunda es que a los chilangos no nos quiere nadie que no seamos nosotros mismos. Cuando salimos de nuestro poluto hábitat y somos preguntados sobre nuestra procedencia, o mentimos y espetamos: «de Cuernavaca y pinches chilangos, si es que son… ¡de veras!», o especificamos: de de-efe. Lo hacemos así porque ahí, tras la frontera de nuestro triangular estado, nos odian. En parte, porque muchos chilangos en lugar de mentir o de defeñarse, salen con su abarcador y acaparador «vengo de México». Claramente y con completa razón, el oaxaqueño, el hidrocálido o el regiomontano se enfadan porque además de la falta de respeto individual hacia su mexicanidad, está la institucional, erigida desde hace décadas en las indicaciones de tráfico que señalan «México» en lugar de «Distrito Federal» para mostrar la ruta a la carretera que lleva a la capital en el centro de sus propias ciudades. Casi en cada esquina, como para recordarles que el verdadero México es donde se desenrolla esa áspera plaza llamada Zócalo.

La ciudad en la que nací dejó de existir de manera administrativo-formal y a sus habitantes nos metieron en un lío. Porque tendremos que hacernos cargo de las facturas de quienes hicieron el cambio y de las reimpresiones de toneladas de documentos oficiales, y porque terminaron por homogeneizar cuando deberían haber especificado. ¿Qué es eso de Ciudad de México sino una muestra más del espanglish que every day dominamos better –y así nos parece fine? Finalmente, una poco creativa traducción del invento gringo ese de Mexico City.

¡De-efe, forever!

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