Filosofía y muerte

Foto: Rodrigo Vázquez
Foto: Rodrigo Vázquez

“La muerte es el genio inspirador, la diosa promotora de la filosofía. Sin ella difícilmente se hubiera filosofado.”
Arthur Schopenhauer

 por Enrique Rivero Ojeda

Escribo estas líneas para pensar en la muerte, para tratar de comprender lo incomprensible, al menos una minúscula parte. Necio, el ser humano siempre ha tratado de saber qué es, en qué consiste esa desaparición de nuestro ser. Ya Sócrates, el filósofo griego y el Padre de la Ética, afirmaba que no debía temérsele, que la filosofía era una preparación para la muerte. Y afirmaba también que no debíamos tener miedo de algo que no conocemos. Tal vez se equivocaba, tal vez no. Yo diría, por el contrario, que se teme porque se desconoce, porque no se sabe cuál será el final de cada uno.

Sin embargo, pensar en la muerte no es otra cosa que pensar en la vida. Afirmar la vida de un modo negativo, quizás. Porque vivir es siempre vivir de un modo peligroso, nos dirá el filosofo alemán Friedrich Nietzsche. Vivir es saber que la muerte nos acompaña sigilosamente, como una sombra que nunca deja de estar al acecho, que espera el descuido de ese ser vulnerable y fragmentario que es el hombre.

Ciertamente, la muerte ha sido pensada desde diferentes aristas: filosóficas, poéticas, pictóricas, cinematográficas. En la poesía, por ejemplo, Rainer Maria Rilke percibe a la vida y a la muerte como un momento epifánico, como una revelación. En su texto Elegías de Duino se confiesa así: “¿Quién, si yo gritara, me escucharía entre el coro de los ángeles? y suponiendo que uno me llevara de repente hacia su corazón, me fundiría con su poderoso existir. Pues lo bello no es sino el comienzo de lo terrible, de lo que aún podemos soportar, y si tanto lo admiramos es porque su serenidad desdeña destrozarnos. Todo ángel es terrible.” 

La existencia es un lapso entre dos nadas, entre el no-estar y la muerte. Y nuestra acuciante pregunta es cuál de los lapsos es el más importante, la vida o la muerte, cuál nos preocupa más. Y tal vez ese sea el quid de la cuestión, el tan llamado meollo del asunto. Si es que hay asunto, si es que en verdad hay meollo.

“La muerte es el desate doloroso del nudo formado por la generación con voluptuosidad. Es la destrucción violenta del error fundamental de nuestro ser, el gran desengaño”, afirma el pensador alemán Arthur Schopenhauer. Nos han quitado el velo de los ojos, nuestra condición ontológica es finita. Estamos de paso, el viaje será corto. Y a pesar de ello, paradójicamente, pensar en la muerte consistirá siempre en buscar el sentido de la vida. Nuestra temporalidad emplazada por la vuelta a lo inorgánico nos obliga a reflexionar en qué hacer con nuestro ser, hacia dónde dirigir nuestra existencia. Borges aseverará en su cuento El inmortal: “La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Estos se conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso.”

Esa es  nuestra tragedia y a la vez nuestra mayor dicha. La vida eterna, como los inmortales de Borges, nos haría lentos, perezosos (¿mas?), irreflexivos, indolentes al mundo. No habría distinción entre el dolor y el placer, entre la alegría y la tristeza. Todo acabaría siendo lo mismo en la “anhelada” vida eterna. Por ello la muerte nos da sentido, nos apura, nos exige estar alertas, nos obliga a ser siempre creativos, perspicaces,  astutos. Porque, en el fondo, y con agónica certeza, sabemos que el soplo de la vida puede esfumarse en un solo instante. “¡Cuán larga es la noche del tiempo ilimitado si se compara con el breve ensueño de la vida!” dirá melancólicamente Schopenhauer.

Pero ¿qué es la muerte? Si es que acaso es pertinente hacerse esta pregunta. La muerte es tiempo, la muerte es transformación, la muerte es movimiento: sustancia indisoluble que se convierte en la única verdad, en nuestra absoluta certeza. En la muerte el hombre se enfrenta consigo mismo, con la nada, con aquello que no se es pero que se pretende ser. Ese el único objetivo de la existencia: llegar a ser antes de desaparecer.

Esta es a grandes rasgos la visión de la muerte en el pensamiento filosófico occidental: la vida como el tiempo que muta y que se acaba, pero también como el lapso único en el que se nos exige como un imperativo encontrarle un sentido. Vivir desde esta perspectiva no es una opción intrascendente, es una exigencia moral. Y esa exigencia es a la vez tan incomprensible y tan necesaria que, sin poder evitarlo,  intentaremos resolverla nuestra vida entera. Quizás Sócrates tenga razón, y el verdadero conocimiento hable, simple y llanamente, de saber morir.

BIBLIOGRAFÍA CITADA

Rilke, Rainer Maria (1980). Elegías de Duino. Barcelona: Lumen.

Borges, Jorge Luis (2009). El Aleph. Barcelona: Destino.

Schopenhauer, Arthur (2005). El amor, las mujeres y la muerte. Madrid: EDAF.

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