El primer globo tripulado

Ilustración: Jorge Zavala Carrillo
Ilustración: Jorge Zavala Carrillo

por Lola Zavala

Un buen día de 1873, estaban en su granja un gallo, un pato y una oveja. Tranquilamente hacían sus labores de gallo, de pato y de oveja (respectivamente) cuando llegaron los hermanos Montgolfier y los treparon a una canastilla que iba atada a un enorme y bellamente decorado globo. El inmenso globo se elevó y se elevó, levantando también la canastilla con el variopinto trío dentro, ante los sorprendidos ojos del rey Luis XVI y los de su esposa María Antonieta. Y también ante muchos otros pares de ojos de glamour diverso, pero igualmente incrédulos.

El gallo, el pato y la oveja tuvieron el honor y la fortuna de ver, como nadie había visto nunca (salvo el pato, todo hay que decirlo), los hermosos jardines de Versalles, desde la nada despreciable altura de mil metros. Estuvieron en el aire por más de 8 minutos y suavemente aterrizaron en la tierra, a unos tres kilómetros de distancia. Todo el mundo dice que llegaron ilesos. Pero lo cierto es que el gallo, el pato y la oveja no volvieron a ser nunca los mismos. Se dice que la oveja se dedicó a arrancarle plumas al pato (era menos guerrero que el gallo, que tenía muy mal carácter) para intentar construirse unas alas funcionales. No lo consiguió nunca, desgraciadamente, pero se divirtió como enana. El desplumado pato no pudo volar nunca más, pues se le acabaron las plumas y, no poco tiempo después, fue invitado a la mesa de Luis XVI. Y el gallo, ¡ay el gallo!, se dedicó a enamorar a las gallinas contándoles su historia. Las gallinas caían redonditas a sus patas y le dedicaban todo tipo de mimos. Fue un gallo muy querido y feliz, a pesar de su mal genio y de su enemistad con la oveja que, a falta de pato, tiró de gallo y toda la vida le estuvo deteriorando el plumaje.

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El primer globo tripulado. Homenaje a los hermanos Montgolfier y también homenaje al pato, al gallo y a la oveja, claro está.

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