Inteligencia nacional

chilitospor Juan Honey

En agosto de 2015 se publicó una encuesta que reflejaba que el 13% de los mexicanos aseguraba que la independencia de México (esa del siglo XIX) había sido en relación a Estados Unidos (en lugar de España). En las pruebas de la OCDE (llamadas Pisa) que miden el rendimiento escolar de los estudiantes, el país siempre sale en los últimos lugares, a pesar de que a los alumnos se les prepara específicamente para tal test (dejando de lado durante algunos días o semanas los contenidos de la materia).

Estos datos, sin embargo, no significan, en absoluto, que los mexicanos, per se, tengan ningún tipo de problema en sus cabezas. Lo único que queda claro es que los mexicanos sufren las consecuencias de décadas de desinterés político por la educación (o del interés por deseducar), de la invasión de la televisión chatarra (recordemos las palabras del Tigre Azcárraga respecto a las telenovelas), de una idea de inteligencia impuesta por el mundo occidental.

Las pruebas de inteligencia parecen fundamentales en el mundo del día de hoy. Así lo demuestra que rimbombantes instituciones educativas (públicas y privadas), así como algunas organizaciones e instituciones, a la hora de elegir a sus nuevos estudiantes o empleados, implementen exámenes o pruebas de admisión/contratación. Ahí están, vez con vez, los candidatos estrujándose la cabeza para ser condecorados con el título de estudiante de alguna parafernálica institución, o con el de empleado de una organización del bien, de esas cuyos acrónimos retan al tradicional orden vocálico de la lengua española y a la lengua (el músculo) en sí misma.

Estas pruebas importadas de inteligencia importada no cazan con la idiosincrasia mexicana ni con la realidad educativa en la que se encuentra atascado el país. Faltan a su propósito de medir la inteligencia, porque la inteligencia no ha sido del todo descubierta ni descrita con la certeza suficiente como para que de pronto alguien se pretenda capaz de mesurarla y de establecer categorías. Muestran, en todo caso, la adaptación de la persona a un tipo específico de habilidades, a una manera de pensar. Porque, si las pruebas referidas fueran exactas, si midieran inteligencia absoluta ¿tendríamos semejantes egresados de las escuelas de elite? ¿Haría el bien quien se supone que lo hace ahora? ¿Existirían la democracia o el reguetón?

La inteligencia, entendida de manera amplia e inclusiva, es un ente irreductible. Me gustaría traer a colación un ejemplo de esto y éste no es otro que el albur. El albur mexicano, al que Octavio Paz describe así: “[En el albur] [c]ada uno de de los interlocutores, a través de trampas verbales y de ingeniosas combinaciones lingüísticas, procura anonadar a su adversario…” Esa práctica platicada y sofisticada del doble sentido, llevada a cabo sobre todo por el pueblo raso, que ha sido denostada y evitada por pomposas y pudorosas clases medias y altas; ejemplo de barrio bravo, del código postal de las carencias y la lucha diaria, el albur se alza, contestatario, para dejar en claro que la mente no se doblega, por más que las políticas públicas así lo quieran, por más esfuerzos que las administraciones hagan por lograrlo, por más que quienes más tienen presionen para que quienes no tienen, permanezcan sin tener. La inteligencia trasciende a la maquinaria burocrática, a la dejadez funcionarial, al clasismo generalizado.

Desde los flancos más agitables y enfadosos de esta bonita y modosa sociedad mexicana, se ataca al albur con el argumento de que es vulgar, de mal gusto y de carácter sexual. Sobre todo se dice de él que es propio de quien no tiene educación y de quien pertenece a ese grupo social de los intocables (los mugrositos). Quienes tienen un poco más de frente alegan que los albures son machistas y homófobos y se basan en ello para rechazarlos (el propio Octavio Paz se decanta por esta opción). Y sí, tienen razón los unos y los otros y al mismo tiempo no la tienen. Los albures utilizan el sexo como vehículo, como elemento referente para desarrollarse. No tratan del sexo. Quien alburea no pretende tener relaciones sexuales con su contrincante ni está asegurando nada sobre su orientación sexual, tampoco aseverando el tamaño de ninguna parte del cuerpo de nadie. Lo que está en juego es la habilidad mental, la rapidez, la astucia, el entender múltiples significados a la vez. Finalmente, se trata de un sofisticado sistema de lenguaje y ya se sabe… el lenguaje es síntoma de inteligencia.

Es el clasismo lo que ha dejado al albur dentro de esa mala fama, lo que le ha quitado su posibilidad de desarrollarse como un plenamente aceptado juego mental y, más aún, como un ejemplo más de la cultura mexicana, como son los tacos, como el águila que se zampa a la serpiente, como que juegue quien juegue, siempre gane el PRI. Si lo aceptáramos como parte de todos nosotros, tendríamos una sociedad más cohesionada y más mexicanizada en ese sentido de la palabra, que no a todos les gusta, pero que es el que es, y nos aceptaríamos más como iguales, ya que mediante el albur mediríamos nuestras capacidades, nos reiríamos y nos entenderíamos mejor entre nosotros.

¿Por qué nuestras instituciones educativas y las organizaciones empleadoras no prescinden de sus exámenes tipo-gringo que no hacen más que reflejar en su estructura una cultura ajena a la nuestra y se decantan por la infalible prueba del albur? Si fuera así, si a Serra Puche, Pedro Aspe o al mismísimo Salinas les hubieran hecho un examen de albures antes de admitirlos en sus licenciaturas, maestrías o empleos, ¿hubieran llegado al gobierno? ¿Hubiera habido error de diciembre? Seguramente que no, porque los egresados de nuestras universidades de prestigio, trabajadores del bien y nuestros gobernantes, además de ser inteligentes, tenderían a tener más que ver con el México real que con aquel maniqueo que nos vende la Secretaría de Turismo y que se creen los universitarios de inteligencias extranjerizadas. Cualquier buen albureador es capaz de llevar las riendas de este changarro mejor que los que lo han llevado los pasados 206 años (con alguna excepción). Para muestra, asómese a la ventana.

La inteligencia, pues, lucha y vence, como las flores del desierto. Dejémosla y animémosla a hacerlo.

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