Del juego de pelota, mundiales y juegos olímpicos perdidos

Ilustración: Lola Zavala
Ilustración: Lola Zavala

por Juan Honey

Sesudos cronistas deportivos, expertos de cantinas y familias al completo han intentado dar con la razón de por qué los mexicanos somos malos para el futbol y, por extensión, para los deportes en general. Sólo por la ley de la probabilidad, de entre 110 millones de personas tendrían que salir 11 buenos futbolistas, unos cuantos gimnastas excepcionales, nadadores de primera línea. Sin embargo, cada dos años, los mexicanos nos damos de topes. Si son los Juegos Olímpicos, tras las ceremonias multicolores, observamos las actividades donde participan los compatriotas. “¡Ya merito le toca medalla!”, decimos cuando alguno de los nuestros queda en el lugar ocho. Si es el futbol, dos años después, nos armamos con desmedidas esperanzas de, incluso, ganar el mundial, y siempre pasa que un cambio de jugador no se hizo y hay que culpar al sr. entrenador por miedoso, o se señaló mal un penalty y el árbitro resultó ser primo del diablo, o llegó un argentino melenudo y metió el mejor gol de la competición. Siempre perdemos (nunca ganamos).

“Es la pobreza”, nos consolamos (por fin la pobreza sirve para algo bueno, ¡el consuelo!), pero luego revisamos bien la estadística y nos damos cuenta de que Brasil es tan pobre como México y ha ganado cinco veces la copa del mundo (una de ellas en el estadio Azteca). En el almanaque aparece que en Jamaica no se vive en la abundancia y ahí están, en la cúspide del tartán. Tampoco en Kenia o Etiopía la gente va toda en coches de alta gama y en los Juegos Olímpicos sus himnos nacionales suenan más de una vez. Y luego, nos encontramos a Cuba, que resulta que lo gana todo, siendo pobre… ¡Y además comunista!

“Es, entonces, el sistema educativo”. Si en este país la educación no sirve ni siquiera para cultivar la disciplina, tal como nuestros colegas capitalistas del norte quisieran, ¿de qué manera le vamos a enseñar a los niños a practicar algún deporte? Llegan a clase lagañosos, con ese color raro, de no haber desayunado, y las pilas por los suelos. Los profesores más o menos arriban en las mismas circunstancias: faltos de energía para hacer florecer a sus pupilos, para arriarlos al camino del bien, el orden y el ejercicio.

De nuevo, podríamos recurrir a la comparación y ver qué se hace en otros países. O mejor aún, comparar dentro del mismo México, que no por nada tenemos de todo. Resulta que ni los estudiantes cuya incultura se encuentra bajo la égida de la Secretaría de Educación Pública, ni aquellos para cuya ignorancia ha sido necesario pagar ingentes cantidades de dinero en colegiaturas; ni los egresados de las mejores universidades, ni los de las peores, logran nunca demostrar serias y contundentes habilidades deportivas.

¿Será la política pública? ¡Tampoco puede ser! Contamos con una seria y bien estructurada Comisión Nacional del Deporte y cada periodo electoral se construyen bonitos campos de concreto pulido para la práctica de futbol rápido y básquetbol en solares desatendidos o (ex) basureros. Nuestros chicos (hombres) del servicio militar, en lugar de aprender a hacer la guerra, son enviados a pintar dichos campos y a darles mantenimiento; a organizar equipos deportivos con adolescentes en barrios conflictivos…

Entonces, ¿por qué? ¿Por qué? ¿¿Por qué??

Para encontrar una explicación cabal al desastre que somos los mexicanos a la hora de realizar actividades deportivas hay que remontarse por lo menos al año 1521. En caso de querer ser más preciso o de tener una base más sólida en las afirmaciones, quizá convenga retroceder en mayor medida, a por ahí del 1400 a.C., cuando, aparentemente, nació lo que después sería llamado “Juego de pelota”. Este invento, como se verá más adelante, fue definitorio para nuestro desempeño en el ejercicio, marcó nuestro sino por milenios; sino que, ni una invasión y cambio de cultura, ni la burocracia, ni el internet han logrado anular. ¿Será que este sino es perenne?

En el juego de pelota se enfrentaban dos equipos compuestos por varios miembros cada uno, en un campo rodeado por paredes de piedra. En estas paredes se encontraban instalados sendos aros, como los del básquetbol, pero en vertical, en lugar de en horizontal. Para jugar (como su nombre lo indica) se utilizaba una pelota. La pelota estaba formada de una mezcla de aceites y gomas naturales, que si bien la hacían más suave que el cemento, dejaba grandes morados y huesos rotos en los jugadores. Esta pelota podía ser golpeada con las rodillas, codos y otras partes del cuerpo. Estaba prohibido sujetarla y aventarla al aro con las manos. Todo esto conducía a que el juego se dilatara y se dilatara. Esto y otra cosa que se explicará más adelante.

Se juntaban en los campos, como público, habitantes, sacerdotes y clase gobernante (sí, desde entonces existía esta gente) y esperaban a que el juego se resolviera. Esto no pasaba hasta que uno de los dos equipos, muy a su pesar, e impelidos por el cansancio, metía la pelota en uno de los aros pétreos. Entre aplausos del respetable y bajo la mirada lasciva de los sacerdotes, los vencedores alzaban tímidamente la mano, en señal de celebración. No del todo convencidos, iban al palco de las autoridades a recibir su premio.

El premio que recibían era el de apoquinar sus corazones para que fungieran de relleno principal de los tacos ofrecidos ese día a los dioses. En español claro: los ganadores eran sacrificados y sus cuerpos ofrendados a esas deidades voraces de carne humana, la que, extrañamente, al final ni siquiera probaban (como era de deportista, quizá, resultaba muy correosa). Esta antropofagia divina, en teoría, era un acto a ansiar en (para) las propias carnes y los vencedores del juego de pelota se prestaban gustosos a tales glotones deseos divinos. En teoría.

Hacer entrevistas a profundidad o una encuesta a gran escala entre los jugadores de pelota se presenta hoy en día muy difícil. Más, si lo que se quiere es la opinión de los ganadores. Hace 500 años que el juego de pelota no se practica. Al menos con el sistema de premiación original. Sin embargo, y aún teniendo en cuenta que todo esto lo vemos desde el prisma al que nos obliga el siglo XXI y la idea de la separación iglesia-deporte, etc., podríamos suponer que tal vez el equipo completo no quería ganar el partido. Que sólo alguno de los jugadores, ese típico enajenado buscador de reconocimiento (normalmente, guapo y estúpido) lo deseaba de verdad y hacía lo imposible por conseguir meter la pelota en el aro, ante la mirada de temor, hartazgo y resignación de sus colegas pelotaros (ellos, dueños de algo de sentido común), que intentaban alargar por horas la llegada del enceste y del desastre.

El juego de pelota se extinguió con la conquista española y su imposición de la viruela y la compasión cristiana. Gracias al comprobadísimo respeto a la vida de Cortés y compañía se terminó con la atrocidad de sacrificar a personas en nombre de dioses. Nos enseñaron que, en todo caso, sólo se podía hacer en nombre de uno solo y no tan descaradamente, que había que buscar recovecos legales. Por ejemplo, diseñando y ejecutando campañas de guerras santas o invasiones a Irak o Afganistán.

No obstante, en la mentalidad de los mexicanos quedó el recuerdo del juego de pelota. No en vano se practicó por casi 3000 años. En esa memoria histórico-colectiva permaneció, más que lo demás, el final de las partidas. En concreto, el premio al que se hacían acreedores los vencedores. “Los ganadores mueren”, es la traducción a esa sensación que al mexicano ataca a la hora de acometer cualquier tipo de competencia, a pesar de que ahora en lugar de cuchillazos perpetrados por pedernales de obsidiana se entreguen medallitas como reconocimiento al triunfo. Y esto pasa porque, como pueblo y cultura, somos una mezcla. Gorditas de maíz de chicharrón de cerdo; virgen católica, morena como el compadre Pancho; idioma español con acento náhuatl o maya… y deportes con la noción de muerte inminente.

Establecido lo anterior, regresemos ahora a épocas más recientes. Mundial de futbol de 1986 en México, ciudad de Monterrey, cuartos de final, México contra Alemania (a la postre, subcampeona de dicho torneo), tanda de penales. Hugo Sánchez, el mejor jugador mexicano de la historia (egresado Puma, claro está) se enfrenta a su chute decisivo. Da unos pasos, patea el balón y… ¡falla! De ahí vamos a Estados Unidos, 1994, México contra Croacia, empate en tiempo reglamentario y los consiguientes tiempos extra. El doctor Mejía Barón (otro expumista) no se atreve a hacer ningún cambio en su equipo, a pesar del cansancio evidente. Resultado: partido perdido. Más adelante, Grecia, Juegos olímpicos, 2004, carrera de los 400 metros. Ana Guevara en su mejor momento, corre y corre y corre y… ¡consigue podio! En el segundo lugar…

Son ejemplos del muy bien conocido y muchas veces repetido “ya merito” mexicano. Este “ya merito” no es, pues, sino el sincretismo de las culturas española e indígenas en relación al deporte, la lucha y el triunfo. Por un lado, sabemos que está muy bien competir, dejar el nombre de nuestro país en alto; incluso, ganar. Mas a la hora de la hora, cuando se tiene la victoria a tiro de piedra, nos entra el vértigo precolombino. La voz indígena que llevamos atrás de la oreja nos dice que no… que cuidado, que tras la victoria está la fatalidad. Y mandamos el balón al poste, renunciamos al cambio, bajamos de velocidad.

Deberíamos encontrar consoladora esta explicación y aceptar de una vez por todas que lo indígena se nos cuela inadvertidamente y no solo en el espejo. Quizá si viéramos nuestras derrotas como parte de nuestra mezcla de culturas, no sólo dejaríamos de sufrirlas, sino que las festejaríamos. Vayamos todos al Ángel ante la primera descalificación en los Juegos Olímpicos, o después de la goleada propinada a nuestra bienquerida selección de futbol. Que se queden otros con la occidental sed de triunfo, oro y reconocimiento. Ya que, en realidad, ¿de qué sirve ganar?

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