La escalera

Ilustración: Lola Zavala

por Juan Honey

Cuando aquella mañana del 19 de septiembre comenzó a hacer péndulo la pesada lámpara que mi madre tenía en su habitación, yo ignoraba que la tierra pudiera moverse. A mi corta edad, nadie me había explicado que a veces al suelo le da por reacomodarse y que los reacomodos conllevan temblores. Durante los días posteriores al evento telúrico vi las ruinas a las que se habían reducido barrios completos de la Ciudad de México. Desde esas fechas, igual que les sucede a quienes éramos infantes entonces, cada vez que tiembla, el cuerpo se me llena de pavor. La cabeza, sin embargo, nos obligaron a mantenerla funcional, siquiera por los minutos necesarios para llegar a las escaleras, bajarlas, salir al aire libre.

A partir de que volvimos a clases, tras la correspondiente verificación de las instalaciones de mi escuela, fuimos obligados a llevar a cabo simulacros de evacuación de las aulas cada pocos meses. Si bien la frecuencia de los mismos disminuyó con los años, nunca los dejamos de hacer. El de rigor era el conmemorativo, como ese que a las 11:00 de la mañana intuyó el terremoto de las 13:00 horas, el pasado martes 19. Los maestros nos enseñaron que, por el bien de todos, teníamos que salir con calma. Para que no se nos olvidara eso de aguantarnos las prisas, nos hacían repetir en voz alta con cada ejercicio: «no corro, no grito, no empujo, conservo la calma».

Cuando llegué a quinto de primaria se nos permitió hacernos cargo de una «comisión». Me propuse voluntario y se me asignó la revisión del desalojo de los salones de tercero y cuarto. Era mi deber cerciorarme de que ninguno de mis compañeritos se quedara ahí, tras la evacuación. En cada simulacro me separaba de mi grupo y cumplía con la tarea encomendada. Al terminarla, me reintegraba con los demás y bajaba las escaleras hacia el punto de seguridad en el patio.

 Una vez tuve que cumplir con mi comisión en un temblor real (es decir, no en uno simulado). El sismo comenzó cuando rayaban las 8:00, por lo que los profesores aún no subían a la primera planta, donde me encontraba. Cada niño hizo lo que repetíamos simulacro tras simulacro: aguardar unos segundos y luego abandonar la instalación en orden, con el ansia bien guardadita. Un chico de cuarto, de esos que llegan temprano y que se había instalado ya en su pupitre, tropezó con las sillas a la hora de salir y se hirió el tobillo. Lo ayudé a caminar hasta las escaleras, donde otros niños nos auxiliaron para bajar y reunirnos con nuestros respectivos grupos. Quienes cargamos al chico en cuestión lo hicimos porque era lo que teníamos que hacer y lo hicimos con los nervios a flor de piel. Aun así, sin ningún grito de angustia, ni ninguna lágrima de miedo. No eran posibles antes de llegar a puerto seguro. Todavía no.

Ya fuera en los simulacros o en temblores de tierra, el momento de encontrarte en la escalera con los compañeros de otros grupos conllevaba algo especial. Aunque apenas los reconocieras, las miradas y las actitudes denotaban una honesta complicidad. Diría infantil, pero no creo que, justamente esa complicidad, contuviera puerilidad. Más bien al contrario. En esas escaleras, mientras repetíamos nuestro mantra «no corro, no grito, no empujo, conservo la calma», formábamos parte del todos que éramos la escuela. Nuestra escuela. Bajábamos brazo con brazo, en dos hileras apretadas, para evitar tocar pared y barandilla; teníamos miedo, pero no lo decíamos; nos sentíamos protegidos, también, porque sabíamos que, en caso de necesidad, algún niño, conocido o no, te ayudaría a terminar el escape. En las escaleras compartíamos sonrisas nerviosas y destino. En esas escaleras, más de la mitad del camino se había realizado ya, y podía sentirse uno casi a salvo, a unos pasos del círculo de protección que hacíamos entre nosotros en el patio.

Este otro 19 de septiembre se cayó parte de una escuela en Villa Coapa y murieron varios niños y niñas. Resulta absolutamente inadmisible que una escuela se derrumbe por un terremoto en la Ciudad de México. ¡Carajo! En 1985 se nos fueron más de 10,000 familiares, amigos, conocidos… En gran parte debido a malas y corruptas prácticas de construcción. Ahora nos debemos preguntar, ¿cómo es que alguien se atrevió a seguir con lo mismo? ¿Por qué se permitió la continuidad de aquellas corruptelas en edificios donde se concentra tal cantidad de gente, como lo es una escuela? ¿Dónde dejaron las personas sus escrúpulos?

De los niños de esta escuela, este segundo 19 de septiembre, muchos murieron porque la escalera por la que evacuaban se vino abajo. Sí: la escalera se derrumbó mientras los pequeños salían hacia su punto de seguridad, ahí, afuera. Mientras, compartían las miradas de miedo contenido y murmuraban las palabras que nuestros infantes se repiten en estos casos, muy en contra de sus tiernos instintos: «no corro no grito, no empujo, conservo la calma…», la escalera, ese inicio de esperanza, ese comenzar a sentirte a salvo –porque ya vas camino al patio, al aire libre–, no resistió.

La escalera y la escuela, los elementos que deberían proteger a los niños no resistieron; no resistieron porque alguien falló en su trabajo.

No me cabe en la cabeza que una escuela se haya caído por el temblor. No en la Ciudad de México. No con las cicatrices que portamos. Me repugna que la escalera, ese espacio de esperanza, se haya derrumbado con los niños y las niñas en el cumplimiento de su deber: salir con respeto a sus vidas y las de sus compañeros, es decir, en orden… Si resulta que infantes de seis, ocho o 12 años son capaces de hacer bien lo que les toca (una evacuación sin aspavientos), ¿por qué no pueden los adultos asegurarse de que el edificio de una escuela no se derrumbe? ¿Por qué no se le cumplió a esos pequeños la promesa de que poseían una segura, compartida y solidaria vía de escape?

Recuerdo mis sismos de infancia, recuerdo el terror, pero también la tranquilidad de sentirme acompañado en el salir. Recuerdo la escalera. ¿Por qué ellos, a quienes se les vino abajo su escuela, no pudieron lograrlo?

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