La nostalgia de Schrödinger

Ilustración: Entre dos tierras / Lola Zavala
Ilustración: Entre dos tierras / Lola Zavala

por Juan Honey

Cuando haces tuyo un país que antes no lo era, entras en una dinámica que tiene dos vertientes. Una, entretenida y enriquecedora, y otra, de dificultades esporádicas relacionadas con la nostalgia. Hacer tuya una ciudad, una cultura, un espacio en principio ajenos, sin duda alguna, te complementa y te obliga a ver y entender las cosas desde una perspectiva diferente. En cierto sentido, te lleva a una posición privilegiada tanto frente a lo que se deja como a lo que se va aprehendiendo, gracias en gran parte a la nueva visión que otorga la obligada comparación y asimilación. Las ventajas se contrarrestan, si cabe, con una constante sensación de estar fuera de algo. Del destino y del origen.

El mayor peligro, por llamarlo de alguna manera, es que ese lugar al que vas a residir te guste. Más peligro hay entre más lo haga, pues se tendrán para siempre las ganas y el deseo partidos y la decisión constantemente cuestionada. Por no hablar del eso inabarcable que cada persona nombra de diferente manera, pero que todos llevamos dentro, que se estira y estira para rozar las dos orillas en un intento por asir el lugar que se dejó, por asirse al lugar en el que se está. Y sí, empiezan las hechuras y los pensamientos a medias; un “aquí y allá” constante. El lenguaje nos hace trampas en las conversaciones y los antojos nos boicotean la plenitud.

Al elegir vivir fuera se es partícipe del proceso en el que se termina por adueñarse de ese nuevo lugar al mismo tiempo que aquél se adueña de uno. Se entra en la paradoja de la doble pertenencia que es al mismo tiempo la de la no-pertenencia. Así, uno es poseedor y es poseído por dos sitios diferentes, porque el lugar de origen tampoco cede en ejercer el efecto de la atracción. En este proceso se gana un hogar, que se suma al que ya se tiene, no suple. Sin embargo, al mismo tiempo de la adición, a causa de la paradoja, comienzas a vivir permanentemente a la distancia. Vives lejos de tu hogar siempre, sin importar la intensidad de la apropiación llevada a cabo, sin importar que hayas regresado (signifique lo que signifique regresar) a cualquiera de tus hogares.

En algún momento se desea que la física de Newton no fuera tan estricta y que permitiera ocupar dos espacios al mismo tiempo o viajar como la luz, olvidado de la gravedad. Anima que, aunque sean unos segundos al día, esto puede llegar a suceder. Por las mañanas al despertar, antes de abrir los ojos no sé dónde estoy. Existe un instante en el que me es imposible establecer mi plena ubicación espacio-temporal, no puedo discernir si es verano o invierno y mis oídos no identifican el idioma de los gritos entrados por la ventana. Esa fracción de segundo, es la fracción del gato de Schrödinger. Sé que estoy en ambos sitios a la vez. Estoy ahí y estoy aquí, en una suerte de ubicuidad de dos extremos. Y me pregunto en dónde despertaré. Si lo que toca es luchar con el tráfico o con la ausencia de picante. Me imagino atravesando calles mediterráneas que se intersecan con avenidas americanas. A mi nariz llega el aroma de mar y del bosque.

Hasta que la obligación determina. Entonces Newton se alía con el despertador. Su física, no la de Schrödinger, decide en qué coordenadas geográficas me encuentro y lucho con lo que me toca, desayuno lo que la nevera resguarda, camino por la acera a la que me sacó el portal de casa. De camino a destino me pregunto que quién sabe… quizá si el despertador hubiera sonado medio segundo después hubiera abierto los ojos en ese otro lugar. Mas estoy aquí y estoy aquí porque estoy contento, y aquí me sonrío, y aunque me falta esa pequeña parte, aunque de pronto me invada la nostalgia, sé que la mañana siguiente, siquiera por una pequeñísima fracción de minuto, estaré aquí, pero, también, estaré allá.

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