Sant Jordi, la princesa y el dragón

Ilustración: Lola Zavala
Ilustración: Lola Zavala

por Lola Zavala

Cuenta la leyenda que hace muchísimos años existió un dragón enorme y muy, muy, hambriento. No era un dragón común y corriente, si es que alguna vez ha existido alguno. Este dragón era malvado e insaciable. Tenía la mala costumbre de comer todos los días, y no se tocaba el corazón a la hora de elegir el menú. No le importaba si lo que comía era oveja o era vaca, pero dicen las malas lenguas que lo que más disfrutaba era la carne de doncella a las brasas, con mucha pimienta, alioli y un poquito de sal gorda, preferiblemente de las salinas de Manresa.

El dragón era un tanto perezoso para procurarse doncellas así que, de momento, los habitantes del pueblo lo mantenían a raya ofreciéndole cada mañana un par de ovejas. De esta forma el feroz dragón saciaba su apetito diario y los dejaba vivir tranquilamente.

El problema llegó el día en que los encargados de darle el desayuno descubrieron con horror que no quedaba en el pueblo ni una sola oveja. Notaron además, no sin cierta extrañeza, que todas las vacas habían desaparecido sin dejar rastro. Se dice que habían huido despavoridas cuando notaron que nada más quedaban cuatro ovejas. Echaron cuentas y sólo con pensar en su inminente destino, se les cortó la leche. Así que faltando dos días para convertirse en asado de vaca, pusieron pezuñas en polvorosa, sin decir ni mu y sin pedirle permiso a nadie.

Hubo una alarma generalizada en todo el pueblo, que se reunió preocupado murallas adentro.

A falta de ovejas y de vacas, y sabiendo de antemano que el dragón no era vegetariano, decidieron que cada tarde se haría un sorteo. Quien saliera ganador tendría el honor de salvar a todo el pueblo de la ira del dragón y tendría el privilegio de ser el suculento protagonista de su desayuno.

¡Qué época más triste vivió el pueblo! En la mañana todos los sobrevivientes estaban felices pues habían conseguido salvar el pellejo un día más gracias al héroe o heroína de turno. ¡Pero las tardes! Las tardes eran angustiosas e infernales. En cuanto empezaba a meterse el sol, llegaba aquel terrible momento de tentar a la suerte, al tan temido azar que sellaría el destino culinario del siguiente triunfador.

Algunos, sin embargo, sacaron provecho de aquellos tiempos de zozobra. Pulularon por todo el pueblo exitosos negocios de limpias, de venta de talcos y jabones para la buena suerte, de amuletos de todas las formas y tamaños y hasta de conjuros personalizados y en rima. Nunca antes los poetas habían tenido tanto trabajo.

El sastre local tuvo también cierto éxito, pues se le ocurrió la idea, un tanto macabra, de confeccionar a medida trajes de sabores a gusto de dragón. Si uno iba a ser comida de dragón, más valía que el dragón lo encontrara a uno sabroso.

La tarde del 22 de abril, la ganadora del sorteo fue la hermosa hija del rey. En el pueblo era la más querida de todos. Era una noble muchacha, generosa, inteligente y amable. Todos la admiraban. Era además muy talentosa y entre otras cosas, daba clases a los niños. Dominaba todas las asignaturas y era una buena maestra. Se dice por ahí que empezó sus entrenamientos docentes enseñándole matemáticas a las vacas. También escribía poemas y cuentos y había entrevistado a cada uno de los habitantes de la región. Su sueño era escribir la historia completa, y en varios tomos, de los orígenes de su pueblo, sin olvidarse de la historia de cada uno de los que se habían sacrificado por él.

Por más que todos pidieron que el sorteo se realizara de nuevo, dejando fuera a la princesa, ella se negó en redondo. Llamó a su alumno más brillante y le encomendó la tarea de continuar escribiendo la historia del pueblo. Le narró rápidamente su biografía y le regaló sus cuadernos de notas y las guías de todas las asignaturas. Recogió el vestido que había encargado al sastre para la ocasión y se colgó su amuleto favorito, que aunque le había fallado aquella lúgubre tarde, lo consideraba aún un hermoso objeto decorativo.

Quiso el destino que aquella mañana, un fornido caballero se hallara paseando, aburrido, por aquellas montañas. Se llamaba Jordi e iba montado en un hermoso y blanquísimo corcel.

Mientras la princesa iba caminando pensaba en los afilados dientes del dragón. Iba haciendo gestos nada más de imaginar la textura áspera de su lengua. Rogaba que ojalá la masticara y la matara con rapidez, pues no sería capaz de soportar su desagradable halitosis por mucho tiempo.

De pronto se encontró frente a frente con el caballero, que la miró embobado. Ella le advirtió del peligro. Le habló del enorme dragón que estaba a punto de aparecer reclamando su desayuno.

Jordi le dijo que no se preocupara. Le contó que llevaba años entrenándose en el uso de la espada y que además hacía ejercicio todos los días, incluyendo los domingos. Le explicó que bajo aquella armadura no había un hombre precisamente enclenque y que, si tuvieran tiempo, podría quitársela en un santiamén y le mostraría, orgulloso, su poderosa musculatura.

La princesa se atacó de risa. Nadie había conseguido ni tan siquiera herir a aquél dragón sin dejarse la vida en el intento. Era una idea inconcebible. El dragón era fuerte y malvado. Además echaba fuego y cuando no lo echaba, sólo con su aliento dejaba fuera de combate a cualquiera.

Jordi insistió, así que la princesa le brindó su perfumado pañuelo y le deseó buena suerte.

El dragón apareció. Venía sereno, hacía días que no tenía que enfrentarse a nadie para procurarse comida. Además, el hombre que se había comido el día anterior lo había indigestado. Aún estaba repitiendo los botones terriblemente condimentados de la chaqueta de aquel humano y se sentía pesado y desganado. El caballero no sabía nada de esto, pero ya corría veloz a su encuentro con la espada desenvainada. El dragón no tuvo tiempo ni de echar fuego. Cuando se dio cuenta, una reluciente y cegadora espada se le había clavado en el corazón.

Dicen que su sangre tiñó la espada de un carmín intenso. Cuando la princesa se acercó, el dragón alcanzó a verla y le dio tiempo hasta de enamorarse antes de exhalar su último y apestosísimo aliento. Vamos, que dio el dragonazo, pero con mucho estilo. Ya decíamos que no era un dragón cualquiera. Así que de pronto, de la espada brotó un hermoso rosal, de flores rojísimas como su sangre.

El caballero formó un ramo y se lo ofreció, también enamorado, a la princesa.

La princesa en prenda, escribió esta historia, donde nombra atacada de risa, al valiente caballero de la poderosa musculatura -la tiene, ya lo comprobó- sin olvidar, por supuesto, al feroz, hambriento, enamoradizo y apestoso dragón.

Desde entonces, cada 23 de abril la gente del pueblo se regala entre sí hermosas rosas rojas y libros. Muchos libros. Todavía, si se tiene suerte, puede uno encontrar a la princesa firmando algunos ejemplares de su más reciente publicación. Y al sastre, presentando su último libro de cocina “fashion fussion”. Y por supuesto al hijo vegetariano del dragón, denunciando el maltrato animal sufrido por su padre. Y casi seguro que al poeta no.

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