Si nos separamos estamos perdidos. Ayotzinapa fue el Estado

Foto: Rodrigo Vázquez
Foto: Rodrigo Vázquez

Por Ana Felker

Publicado en Situaciones

A Julio César Mondragón

La emoción no dice “yo”. Así se tituló el reciente seminario del pensador y sentidor francés Didi-Huberman en el MACBA, Museu d’Art Contemporani de Barcelona.

Me senté una vez más en una de las butacas del auditorio del Macba para escuchar palabras de Beatriz Preciado que ansían cambiar el mundo y, entre el público, observar a quienes también quisieran darle la vuelta, como un reloj de arena, empezar de nuevo.

Desde hace dos años he podido ser testigo de las conspiraciones filosóficas que se construyen hace ya más tiempo en ese sótano del museo. Éste es mi último PEI obert, la última conspiración de esta etapa de mi vida en Barcelona. Estoy a unos días de regresar a México y el corazón arde.

Escucho apasionada a Didi-Huberman, pero espero que acabe de hablar para correr a Plaça Catalunya donde se organiza una concentración para protestar, visibilizar, reunir a quienes estamos llenos de rabia y tristeza por la violencia y la impunidad en México. El detonante en estos días: la desaparición de 43 estudiantes de la normal rural de Ayotzinapa en Guerrero.

Las palabras de este viejo alumno de Roland Barthes parecen abrazar la impotencia, un abrazo de filosofía que se siente como el de una madre amorosa. “Las emociones son de todos y de cada uno. Somos singulares y plurales. Si nos separamos estamos perdidos”: cita Didi-Huberman a Deleuze, “la emoción no dice yo, no es del individuo sino del acontecimiento”.

En Plaça Catalunya están reunidos en un círculo. Algunos llevan fotografías de los estudiantes: de Giovanni, de Saúl, de Israel, de Julio, de Doriam, de Carlos, de Christian, de Emiliano, de Jhosivani, de Jorge, de Luis, de César, de Jorge, de Carlos, de Adán, de José … ¿dónde están? Y se me van llenando los ojos de lágrimas, es inmediato, es por estar así reunidos que las emociones se amotinan y se escapan mientras se escucha un “Me gustan los estudiantes”,  la canción de Violeta Parra y yo dejo de ver. Otros llevan velas y las colocan alrededor de una bandera y de pancartas “Ya basta de impunidad”. Se leen unas palabras de solidaridad, de puente con los que están allá pasándola tan mal y con tan pocas opciones.

El ambiente es de luto, pero no uno de resignación sino que hay tensión en el ambiente, incertidumbre, una tristeza difícil de definir. Pero hay lágrimas.

Dice Didi-Huberman que cuando alguien llora en público es como si perdiera el rostro: ya no puede hablar porque se le quiebra la voz, ya no puede ver más que el torrente que derrama. Llorar en público está mal visto porque es exhibir el completo impoder, exhibir cómo se va perdiendo la forma humana. Pero aquí, de esta manera, nuestra vulnerabilidad nos une.

Pienso en nuestros rostros desfigurados de llorar tanta impotencia y pienso en la imagen que ha sacado de nuevo a la gente… que nos ha sacado de nuevo a las calles. La miro como una imagen, no como la persona que fue asesinada. La materialización del miedo. Es un rostro desollado al que se le fueron arrancados los ojos.

La imagen no es la persona como un cuerpo muerto no es la persona que fue. Las fotografías de la violencia nos indignan y nos movilizan. Pero me pregunto sobre la ética de las imágenes y sobre lo peligroso de la empatía a distancia… Sobre todo estando aquí…

Las imágenes de sufrimiento viajan, están en todas partes y son cotidianas pero nunca nunca hablan. Son rostros mudos como el grito sordo que lanza Helene Weigel en la Madre Coraje de Brecht.

Helene Weigel como Anna Fierling en “Mutter Courage und ihre Kinder” de Bertolt Brecht
Helene Weigel como Anna Fierling en “Mutter Courage und ihre Kinder” de Bertolt Brecht

Es por eso que cuando las imágenes logran no solo hablar sino movilizarnos, sacudirnos, quizá hay que escucharlas, verlas frente a frente aunque duela. Las imágenes hablan de lo insoportable de los acontecimientos. Gritan, aullan, patalean y no nos dejan ignorarlas.

Pienso en la imagen del rostro con las cuencas redondas y vacías, pienso en el cuerpo aún vestido tirado en la carretera. Pienso en lo mal visto que es llorar en público porque es exhibirse como una persona sin esperanza. Porque es volverse esa imagen de un hombre sin rostro y sin ojos tirado en la carretera.

¿Qué es la empatía? ¿Qué es la emoción? ¿Para qué sirven? ¿Para qué queremos exactamente que sirvan? El encuentro con lo real nos paraliza pero es potencia de acción.

Nos une llorar en público, nos desfigura abatiendo las barreras del ego, pero no debe haber catarsis porque esa falta de poder que nos hace llorar es una fuerza de masa. Ese miedo generalizado ha sacado de nuevo, nos ha sacado de nuevo a las calles. Ha quitado a políticos corruptos de sus cargos.

Didi-Huberman dice que hay dos trampas que considerar a la hora de pensar en las emociones. La trampa subjetivista: la emoción soy yo, mis sentimientos son individuales. La trampa unanimista: pensar que todos somos uno mismo… es más complejo que eso.

Quizá yo no soy una estudiante de una normal rural o no soy una trabajadora en Juárez, no puedo fingir que no somos un país dividido, injusto y que existen barricadas de sexo, raza y clase para la empatía. Pero soy una persona y eso suficiente para tocarnos y llorar en público. Hay que hacer el esfuerzo de pensar que “las emociones son de todos y de cada uno”. La indignación es mía y de todos. Hay que hacerlo porque si nos separamos estamos perdidos.

Concentración en apoyo a los estudiantes y familiares de Ayotzinapa en la Plaça Catalunya de Barcelona. Foto: Lola Zavala
Concentración en apoyo a los estudiantes y familiares de Ayotzinapa en la Plaça Catalunya de Barcelona. Foto: Lola Zavala

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