Tango rojo besos rojos

por Sergio Ferreira

Eran cinco los de la escuadra negra que entraron con fusiles y gritos marciales, derribando la puerta de calle de la casa solariega del falangista Luis Rosales. Buscaban a Federico García Lorca. Los informes confidenciales decían que el poeta se ocultaba allí y allí justamente lo encontraron, en la penumbra, debajo de una cama, temblando. Los rizos negros le caían sobre la frente, vestía una camisa blanca sola, su pantalón era negro y demasiado grande. Sus ojos también.


La orden había emanado del propio gobernador de Granada, José Valdés Guzmán. Con un solo grito, el comandante Díez Esteve, al mando de la partida, la hizo cumplir: “¡A Gobierno, coño!” Era el 16 de agosto de 1936. Lorca iba al frente. Los soldados detrás. El viento azotaba el pueblo. El sol brillaba y a su luz se levantaron fantasmas de tierra seca por las calles. La camisa del poeta se inflamó y sacudía con golpes de trapo suelto. De otra manera se hubieran evidenciado los latidos de su corazón.

Tres años antes, la vida estaba hecha de otra pasta. Lola Membrives estrenaba en el teatro Maipo de Buenos Aires, la obra “Bodas de Sangre”, que posteriormente celebraría más de cien puestas en escena. La fama bien ganada de poeta de la gitanía, lo había precedido y Federico llegaba a la Reina del Plata como quien es parido bien.

Él le había cantado a la luna de los montes secos de Andalucía, que plateaba el sueño de los caballos. Le había cantado a la luna aterida de Nueva York, que velaba la muerte de los niños ahogados en pozos de sombras. Ahora debía cantarle a la luna insomne sobre la Avenida Corrientes, con ojeras y tabaco, seducida hasta la abyección por el tango y sus entrañables forajidos absueltos.

Preso en la Alcaldía, Lorca no supo cómo había llegado la oscuridad sin que el estruendo de escombros de las horas lo aturdiera. Siguió, sentado en el duro banco de madera, doblado sobre sí, suspendido en el abismo de entre las piernas, con la cabeza apretada en las manos. Hasta que el Guardia Civil, Nicolás Velazco, ordenó que lo llevaran custodiado a La Colonia, un viejo caserón de Viznar. Eran más de las tres de la mañana. Él no lo sabía.

Lo subieron a uno de los dos camiones ocres repletos de soldados. Lo acompañaban los condenados anarquistas Francisco Galadí, Juan Arcoyas Cabezas y el maestro Dióscoro Galindo. El teniente de asalto Martínez Fajardo mandó partir. Lorca iba descompuesto, sin embargo llamó su atención el millón de ínfimas polillas alrededor de los faros de los vehículos.

Federico en Buenos Aires, frecuentó las tertulias del subsuelo del Hotel Castelar, en Avenida de Mayo, con los apóstatas poéticos del grupo Signo, que más bebían y bailaban, y rendían culto al tango. Él había sido público de Canaro en Madrid, allá por los años 20. También del trío Irusta-Fugazot-Demare, porque el lunfardo le chamuyaba profundo, canalla y seductor, las mismas tragedias de amor y muerte que en su sangre se volvían lamentos y coplas de duelo.

Fue a Buenos Aires por unas semanas y se quedó seis meses. Por Carlos de la Púa y el Malevo Muñoz, intimó con letristas y poetas que le confiaron historias de cafiolos y botones, de mujeres de esquina e inmigrantes de bandoneón. Comió pucheros desvelados en el Viejo Tropezón de la calle Callao, y como quien quiere la cosa, discutiendo a gritos la poesía porteña con Pablo Suero, tras el ensayo general de “El teatro soy yo”, de César Tiempo, en la esquina de Corrientes y Libertad, conoció al tipo de mejor perfume y más finas camisas de Buenos Aires. Conoció a Carlos Gardel.

Los camiones se salieron de la carretera. El terreno era bajo, al punto que el agua de las napas manaba lentamente, volviendo todo el terreno un lodazal. Era la zona conocida como Los Llanos de Corbera, junto al Cortijo Gazpacho. Los pies de los condenados se hundían en una espesa materia primaria.

Los alinearon a la luz de los faros de los camiones. El silencio era absoluto. Federico no podía creer que fueran a matarlo. La muerte siempre le resulta increíble a un poeta, acostumbrado a intuirla como si no estuviera hecha de silencio, de vacío. Como si de verdad cupiera en un par de frases acertadas. La orden quebró el luto del silencio. Los disparos cubrieron el serio golpe de los cuatro cuerpos en la tierra.

Parece que aquella noche, el Zorzal propuso seguirla en su departamento. Buenos Aires era una ciudad que todavía se daba el lujo de perfumar a jazmines por la madrugada y a levadura de panaderías. En torno a la mesa del living, el círculo de amigos en sus sillones. Propagaban el tabaco, el whisky. Gardel con su guitarra cantó Caminito, Claveles Mendocinos, Mis Flores Negras. Federico conjuró poemas del Romancero. Celebraban el poder de la vida a la hora de dormir. Gardel lo instó sin esperar certezas: “Hermano ¿cuándo vas a escribir un tango? Ustedes los andaluces son sentimentales como nosotros”. Se despidieron con el abrazo del que ignora, y cada uno se dirigió en carne viva hacia su muerte.

Los siete asesinos de Lorca fueron Mariano Ajenjo Moreno, Antonio Benavides Benavides, Salvador Varo Leyva, Juan Jiménez Cascales, Fernando Correa Carrasco y Antonio Hernández Martínal, al mando del capitán José María Nestares. Las armas empleadas, pistolas Astra, modelo 902, calibre 7,65 y rifles Mauser modelo 1893.

Tras el fusilamiento, unos pocos amigos con coraje entraron a su casa sin dificultad. En la noche de la huida había quedado abierta por completo. Las cortinas blancas de las ventanas se preñaban del viento seco. Sobre su mesa de labor había un clavel marchito en su jarrón, libros cerrados y libros abiertos, un lápiz, una taza sucia, el recibo por la confección de un saco ya pagado, cuartillas que no alcanzaban ni la estatura de borrador, y el atisbo inconcluso de una letra para ser musicalizada que decía: “el tango quema en la boca / tango rojo besos rojos / pero la lava es la roca / que arde hasta en sus despojos / si el tango quema en la boca / más arde y quema en los ojos”.


Sergio Ferreira. Contador público nacional por terca equivocación, comunicador por necesidad, poeta por voluptuoso deseo. También editor, como una manera de trabajar justificando su paso por el mundo. Tejedor de relaciones con agujas que atraviesan corazones e hilos que enredan con cierta virtud. Va y viene con la maleta cargada de libros. Podríamos decir de él que es un hombre de papel y tinta.

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