Thomas Mann y la inflación

Ilustración: Lola Zavala

por Juan Honey
A Concha y María José

Dicen que los días de… sirven para recordar a la población ciertos temas. Así, a ésta le da por reflexionar sobre las señaladas cuestiones. El día de la tierra funge de pretexto para dictar conferencias sobre lo mucho que hemos estropeado nuestro hábitat y lo que lo compone; el día de la mujer, de lo escandaloso del comportamiento de los varones contra nuestras cousufructuarias de especie durante milenios; el día de los derechos humanos, sobre qué tan malvados somos aún hoy, todos con todos, que hasta parece que disfrutemos más al hacer el mal que cuando  sacamos la silla a la calle por las tardes y miramos la vida pasar mientras saludamos a los vecinos que deambulan por ahí.

Muchos de estos días de, que no nos engañen, son creaciones propagandísticas o publicitarias, ya sea para famosear alguna deidad católica o republicana y afianzar la creencia o la patria, o para hacer que quienes pretenden encontrarse imbuidos en el amor se permitan derrochar sus supuestos sentimientos con caros regalos. Otros de estos días se encuentran entremedio. Como los de la madre o el del padre, cuyo comercial origen resulta claro, pero que a pesar de ello, conllevan un fuerte chantaje emocional del que a ver quién es el guapo que escapa. Casi nadie dentro de una situación normal (utilizo gran laxitud para normalidad) olvidará que tiene una madre, o un padre –siquiera por ahí perdido y de nombre desconocido. Otra cuestión es que tenga razones para no querer recordarlos… Hay situaciones de lo más variopintas: de las más trágicas a las más anodinas –de nuevo, las normales.

En España al día del padre lo hicieron coincidir con el día de San José  –muy cristianos ellos– y el de la madre es el primer domingo de mayo. A saber por qué. En México, en cambio, el día de la madre se celebra el 10 de mayo, siempre y pase lo que pase –y pasan muchas cosas en México–, mientras que el del padre lo situaron el segundo domingo de junio, caiga cuando caiga. El sentido de hacerlo así es que queda nula duda sobre quién es la mujer que te procreó. Entonces, le corresponde día fijo. Del padre, en cambio, se puede conocer su identidad, mas siempre existe cierto halo de incertidumbre. Por ello se le otorga su día y por ello éste no se concreta: de que haylo (padre), haylo, de que sea quien dicen que es…

El 15 de mayo, en México, es el día del maestro. Curiosamente, suele ser fecha lectiva y, curiosamente, deben ser ellos quienes recuerden a sus pupilos, el día mismo, que es su día… Raramente se les regala algo, ni siquiera orden en clase, ni mayor asistencia, ni lo contrario: ausencias completas. A quienes lo idearon les faltó creatividad para capitalizar bien el supuesto amor de los educandos a sus entenantes. Como sea, me gustaría nombrar a dos de las mías, aunque a ninguna de ellas le gustaba los aspavientos propios de estas celebraciones. Aprovecho la fecha y las menciono porque durante las últimas semanas, después de años de intermitente aparcamiento de secciones de memoria –nunca olvido total–, las he recordado con fuerza.

Ambas, hijas del exilio. A Concha es a la primera y única chica o mujer que he sacado a bailar en mi vida –el ritmo y yo no somos amigos–. Fue en la fiesta de graduación del bachillerato. Al acabar la pieza le confesé, durante un arranque de expresivo y honesto sentimentalismo, que si nuestra diferencia etaria fuera 20 años menor me enamoraría con locura y concreción de ella y que, seguramente, le propondría que nos casáramos. Su marido, quien escuchaba nuestra conversación, reía. Creería que bromeaba. A mis 19 años mi expresión revestía amplia seriedad. Un compañero de escuela aseguraba que la hija de Concha era la mujer más guapa que había visto –con ésta la diferencia de edades se reducía a dos o tres años–; siempre preferí a la original. Lo de Concha y el amor era honda verdad.

María José nos intentó enseñar las vicisitudes de las crisis económicas y a leer el periódico de manera regular. Hacía exámenes orales. Entrabas al aula y la encontrabas tras el escritorio. Una silla al frente para ti. Tras de uno, el salón vacío. Frío. Nervios. «¿Cuáles son las consecuencias de la deflación?» «Este…, cuando… este… la inflación sube o más bien, no sube y…» y mirada a María José para tratar de robar una mueca que nos expresara si habíamos tomado el derrotero correcto, mas ella, impertérrita, mantenía cada músculo de su rostro tan inmóvil como si fuera una maniquí. Incluso los más versados la pasaban mal. Si te sorprendía volándote la clase, con su semblante sereno se acercaba a ti y te preguntaba, a la vez que le daba una calada a uno de sus Marlboro light, que cuál asignatura obviabas…, que si te aburrías…, que si… así hasta que terminabas por sentirte mal por la campana llevada a cabo, –adorable manipuladora.

Acabado el bachillerato, soñaba con encontrármelas y mostrarles mi título de licenciatura. Les comentaría mis planes de nuevos estudios y de trabajo. Les diría que sus clases me habían guiado hacia buenas decisiones; que ellas habían sido importantes a la hora de la vida académica y de la privada, también. Posponía el momento, porque el título tardaba en llegar; porque el calendario cambia de página sin que se le otorgue permiso; porque el mañana sigue la misma lógica que esos letreros colgados casi en cada miscelánea chilanga «hoy no se fía, mañana sí». Hasta que un día el calendario ralentizó su andar y el letrero de la miscelánea desapareció. Me dijeron que había muerto María José. Un ataque al corazón. «¿De verdad?» A los tres días, la frase fue que había muerto Concha. «No. Quien murió fue María José…». «No, murió Concha». «No, fue…». Llamadas. Constatación… Murieron las dos con escasos días de diferencia.

Supongo que habrá entre sus conocidos compartidos a quienes esta simultaneidad les llame la atención. A mí, que justo ellas dos saltaran la barda casi mano con mano (a edades en que no les tocaba) me rompió el corazón. Si cuando una de estas situaciones pasa, se parte en dos, a mí se me partió, entonces, en tres, y me llevó a la eterna pregunta. Al remordimiento. A la incomodidad del ineludible «si hubiera…». No ya para contarles nada en particular, sino para saludar, preguntar que cómo estaban; desearles que les fuera bien, recordar alguna anécdota, robarle otro cigarro a María José. Decir eso que se dice, hacer eso que se hace y que, al final, te hace la vida.

Este doble vacío existe en el recuerdo de ese adolescente amor imposible por Concha; de percibir el cimiento que forjó para mí, con conocimiento de ello, o sin él, María José, en una época complicada de esa de por sí ya complicada etapa de la vida. Imágenes pues… Concha y su ir y venir en su Ford Escort; María José, su escritorio y sus cuentas, en la oficina, a la entrada de la escuela. Sus inteligencias enormes, diferentes y perspicaces. Sus insondables y correctísimos sentidos comunes. Sus grandes conocimientos sobre sus clases, sobre cada uno de sus alumnos y sus honestos intereses por nosotros. Esta ocasión caeré en el eso del día de y lo utilizaré para recordarlas a las dos. ¡Felicidades en su día!

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