Un mundo roto

Ilustración: Lola Zavala

por Laura Martínez Alarcón

Todo empezó con una promesa de mundos perdidos.

Hacía tiempo que la paz reinaba en el mundo y los habitantes de algunas regiones empezaban a sentirse incómodos ante tanta beatitud. Se palpaba cierta necesidad de pasar a la acción, sobre todo en el Gran Imperio de las Águilas Calvas, pero nadie se animaba a dejar las cálidas poltronas.

Entonces, apareció él. Alddond Rumpt, un hábil latifundista que, a lo largo de su impulsiva vida, había ido probando distintas ocupaciones hasta convertirse en un verdadero maestro del esperpento. Proveniente de una de las dinastías más influyentes del reino, Rumpt había amasado una increíble fortuna intercambiando tierras y propiedades por soflamas y libelos patentados en pócimas venenosas. Ahora surgía como el líder del movimiento que cambiaría el estado de cosas. Alddond Rumpt llevaba tiempo rumiando posibilidades e invirtiendo todo tipo de recursos en conquistar algo que se le había resistido desde siempre, el poder omnímodo.

“Todo tiempo pasado fue mejor”, solían repetirle los más viejos del clan durante la ceremonia del nuevo año. “Os prometo que seré yo quien recupere la gloria de otros tiempos”, respondía desde niño a esa especie de plegaria familiar. Cada vez que Rumpt renovaba su juramento, lo hacía pensando sobre todo en su amado tío Alföld, quien le había inculcado desde siempre el amor a la patria, el dinero y la raza sin mácula. Alföld Rumpt-Tlirhet, Primer Duque de Braunau, fue su mentor y guía. A la muerte de sus aventureros padres, ocurrida al naufragar el barco que les llevaba a las Antípodas, el pequeño huérfano fue acogido por el único pariente soltero de la familia y, poco a poco, fue convirtiéndose en el hijo que nunca tuvo. El querido tío Alföld lo había mimado hasta la desmesura, ocupándose afanosamente de su rigurosa educación -así como de sus colosales rabietas- y cuidando con esmero el difícil aprendizaje del meinKampf, una lengua tan extraña como imposible de asimilar.

La oportunidad de cumplir con aquella promesa anual que se había transformado en el motor de su ambición y, acaso, de una obstinación más profunda, se le presentó una tarde de invierno. El soberano que había dirigido el reino durante décadas acababa de morir y, según mandaba la tradición, ahora correspondía a la estirpe de los Rumpt tomar las riendas del poder.

Bajo la luz de una enorme lámpara de dorados reflejos que entonaban muy bien con la luminosidad de su rubia y desordenada cabellera, Rumpt anunció el advenimiento de una nueva era. “Es hoy o nunca”, aseguró a sus allegados frente al enorme ventanal desde el que se contemplaban los inescrutables Bosques Profundos. Había llegado la hora de recuperar la gloria del pasado, de velar por la pureza de la raza –su raza- y de irse deshaciendo de todo aquello que mancillara el glorioso nombre de su nación.

La primera medida que tomó, nada más ceñirse la corona imperial, fue clasificar a los habitantes en ciudadanos, súbditos y extranjeros. “No hay título más valioso que el de ser Ciudadano –así, con mayúsculas- y esto significa no tener una sola mancha, ni física ni espiritual. Solo nosotros, la perfecta familia Rumpt, merecemos tal honor”, aseguraba con voz firme mientras imponía a los suyos una medalla de oro cuyas iniciales AS los definía como Alta Supremacía. A los súbditos se les concedió la gracia de llevar un blusón amarillo, y solo en los casos en que pudieran comprobar su ascendencia en cinco generaciones impolutas. Al resto se le obligó a portar en su vestimenta insignias verdes y anaranjadas, dependiendo de sus raíces y procedencia.

Lo siguiente fue implantar clasificaciones a todos aquellos inmigrantes que habían llegado desde distintos puntos del planeta. Ya estaba harto de encontrar por las calles de su ciudad a seres de distintas etnias y tonos de piel sacando provecho de las ventajas de vivir en su reino; le daba asco imaginar a los morenos y, todavía peor, a los amarillos yaciendo con las hermosas amazonas de su imperio. Toda esta sucia mezcolanza solo había traído al mundo criaturas extrañas, rasgos indefinidos, comidas raras y costumbres ajenas. El nuevo emperador dio la orden para que todos los inmigrantes cosieran en sus ropas diferentes distintivos dependiendo de sus orígenes.

Luego vino la discriminación de las mujeres. Para garantizar la pureza de la raza, era necesario clasificar a las doncellas, a las que habían parido y a las que habían mantenido relaciones sin matrimonio de por medio. A las primeras se les impuso una camisola blanca y a las segundas, una púrpura; las otras tuvieron que llevar una especie de albornoz marrón. “Es hora de encontrar una buena esposa para el Amadísimo Líder”, aconsejaba el Secretario Mayor del palacio imperial. “Tiene que ser una de las nuestras pero, ¿quién?”, musitaba el Gran Maestre. Las vírgenes, provenientes de las casas más nobles del orbe, tuvieron que pasar por toda suerte de pruebas, concursos de belleza e intrincados sortilegios para ser consideradas como aspirantes a Emperatriz. Los requisitos eran sumamente exigentes, el puesto lo ameritaba. Mientras, por las calles de todas las ciudades y pueblos del reino, la mitad más hermosa del mundo empezaba a lucir una exuberante paleta de colores -chillones unos, oscuros otros- que iban distinguiendo a cada grupo según lo solicitaban los diferentes gremios, asociaciones y clubes afines al régimen.

Cegado por la soberbia de saberse dueño de los destinos de su pueblo, Alddond Rumpt solo tenía oídos para escuchar la lisonjera voz de los suyos. Un buen día, su ministro principal, el siniestro LlersonTill, le aconsejo recibir a un grupo de letrados de la oscura Congregación de los Hermanos de la Luz. Venían a pedirle ayuda para eliminar uno de los más aberrantes peligros para la raza suprema: los enfermos, discapacitados y mutilados de guerra. “Toda esta gentuza, y no estamos incluyendo a los indigentes que solo afean la belleza de nuestras ciudades, está abusando de nuestros recursos y hay una necesidad urgente de distinguirlos adecuadamente, o expulsarlos del territorio”, afirmaba el más viejo. “Ellos son un peligro para el imperio”.

Ante tales argumentos, Rumpt decidió lanzar la histórica proclama de apostar, según sus propias palabras, “por la esterilización forzosa, con una vigencia de seis siglos, que evite la procreación de los degenerados físicos y mentales”. Solo así, sentenciaba dando un manotazo en la enorme mesa de nogal que le servía de escritorio, “podremos librarnos de esa inmensa desgracia”.

Pasaron los días y la falta de empatía de Alddond Rumpt se hizo más evidente. No soportaba la más mínima crítica y fulminaba con sus conocidas diatribas a quien no era capaz de reconocer su grandeza. Su Alteza Serenísima, como se hizo llamar en un arranque de vanidad, seguía sin escuchar la voz de los demás y únicamente accedía a las peticiones de filiación de los colectivos que simpatizaban con su pensamiento. Así lo demostraba la prodigalidad de símbolos. Llegó el momento en que no hubo un trozo de ropa libre de emblemas y marcas, y, en poco tiempo, surgieron propuestas para fichar otras cualidades y características: en qué barrio se vivía, qué enfermedades se padecían, o qué tipo de oficios o aficiones se practicaban.

Rumpt el Grande, se percató entonces de las numerosas ventajas que ofrecía esta inédita versión del “divide y vencerás” y, jaleado por el perverso LlersonTill, siguió emitiendo decretos, a diestra y siniestra, que obligaban a todos los ciudadanos a ser registrados si no querían ir a la cárcel. Todo este nuevo orden de cosas trajo, sin embargo, la desconfianza hacia aquellos que portaban insignias distintas. A medida que crecían las filas de individuos a la espera de nuevos membretes, aumentaban las discrepancias y se ahondaban las brechas.

El Soberanísimo Emperador no reparaba en el asunto porque el enorme muro de indiferencia y odio que había construido a su alrededor, le había desconectado de la realidad. Ninguno de sus ministros se atrevía a informarle so pena de ser fustigado por un simple levantamiento de cejas. Y como amigos nunca había tenido, Alddond Rumpt jamás se dio cuenta de que el recelo ya empezaba a cotizarse a la alza y los resquemores se multiplicaban por decenas.

Su Muy Honorable Excelencia Magnífica tampoco supo que, hartos de tanta diferenciación, día tras día, numerosas tribus, clanes y castas de toda índole abandonaban el Gran Imperio de las Águilas Calvas. Nadie quería quedarse en un mundo roto. Poco a poco, las viviendas se deterioraron, las fábricas, granjas y talleres cerraron, las escuelas y los templos desaparecieron.

El reino se fue quedando solo. Los pocos que decidieron permanecer se miraban con suspicacia.

Singular y único, cada individuo quedó aislado y se convirtió en el otro. A fin de cuentas, todos acabaron siendo los demás. El único que no se enteró fue el “Emperador de Emperadores, a quien todos los restantes príncipes del mundo acatan, el Regulador de las estaciones; el Todopoderoso Director de mareas y torrentes; el Hermano menor del Sol”.

Entonces, se hizo el silencio. Y toda forma de vida cesó para siempre.

Laura Martínez Alarcón. Periodista mexicana, orgullosamente chilanga. Desde hace 8 años vive en España, primero en Madrid y ahora en Barcelona. Es doctoranda en Comunicación, Información y Propaganda por la Universidad Complutense. Ha trabajado en diversos medios (radio, televisión y prensa electrónica) y en distintas administraciones públicas. Es una amante del patrimonio cultural de México. Su filosofía de vida se resume en dos palabras: CARPE DIEM.

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