Ota Benga en el zoológico del Bronx, 1906. Autor desconocido.

por Lola Zavala

La tarde del 20 de marzo de 1916 Ota Benga se vistió con esas ropas tan raras que usan los salvajes occidentales. Salió de casa, caminó por las calles de Virginia y robó una pistola.

Benga tenía 33 años, era un hombre de cuerpo pequeñito -no llegaba al metro y medio de altura-, su piel era oscura, brillante y hermosa; curtida en la lejana tierra donde había nacido y donde había vivido la mayor parte de su existencia. Amaba ese bosque tropical y lo añoraba con lo más profundo de sus maltrechas entrañas. Pertenecía a la tribu Batwa, con la que había aprendido a cazar y a recolectar siguiendo el sabio ciclo de la naturaleza, hablaba bantú y le gustaba mucho cantar. Tenía mujer y dos hijos.

Los salvajes del otro lado del mundo llegaron a su amado bosque y mientras él estaba de caza, su familia fue aniquilada y su pueblo arrasado por el fuego. Ota Benga fue comprado como esclavo por un hombre encargado de recolectar «pigmeos» para exhibirlos como el eslabón perdido en la Feria Mundial de St. Louis. Con Vermer, su comprador, viajó por todo Estados Unidos.

Después de aquello fue llevado al zoológico del Bronx para ser exhibido todas las tardes de septiembre de 1906. Benga compartía jaula con Dinah y Dohung, un gorila y un orangután respectivamente. Su único disfrute era poder pasearse de vez en cuando por el zoo con cierta libertad y que, a la hora del espectáculo, le proporcionasen su apreciado arco con todo y flechas. ¡Qué ganas de dispararlas contra aquella salvaje multitud! Riendo como hienas, tan absurdas, tan inhumanas. Esas criaturas tan estúpidas que no conocerían lo maravillosa que es la naturaleza, que no oirían nunca el canto de las mujeres, ni entonarán nunca la Canción del Bosque.

Septiembre acabó y con ello llegó su liberación. Algunas personas decentes alzaron su voz contra la humillación y el racismo que estaba sufriendo Benga. Fue llevado a un orfanato y más tarde, en Virginia, encontró un trabajo en la fábrica local de tabaco.

Vivía más tranquilo y tenía algunos amigos que lo llamaban «Bingo» de cariño, pero no le era posible volver al bosque del Congo. Y lo deseaba con toda su alma. Nunca se acostumbró a la vida tan extraña de la ciudad. Moría por volver al mundo de su infancia, a su gente, a cantar en el bosque y a hablar bantú.

Por eso aquella tarde se despojó de sus ropas y pensó más que nunca en sus ancestros. Se entregó en cuerpo y alma a la ceremonia llamada «molimo» y encendió un fuego a su alrededor. Bailó una danza tradicional, entonó la Canción del Bosque, apretó los puntiagudos dientes y se pegó un tiro directo a su maltrecho corazón.

Ota Benga (el segundo de izquierda a derecha), junto a sus compañeros en la exposición de Louisiana en 1904. Autor desconocido

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La Unesco declaró el 2 de diciembre como el Día Internacional para la Abolición de la Esclavitud. 

Ha pasado más de un siglo de aquellos acontecimientos, pero aún hoy existen tribus ancestrales condenadas al maltrato y al exterminio. El tráfico de personas, lamentablemente, continúa existiendo aunque el término «esclavitud» ya no sea la palabra utilizada para denominar esas terribles y vergonzosas prácticas. Aún nos queda mucho por hacer.

Raices

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