Categorías: Opinión

Un juego peligroso

por: Sorayda Peguero Isaac
publicado en El Espectador

Bordan sobre blanco con hebras de colores: con hilo rojo bordan por los muertos, con hilo verde por los desaparecidos.

Porque bordar sus nombres y una parte de sus historias es un modo de que sigan siendo, y estando, más allá de las estadísticas y los titulares que arrastra la desmemoria. Bordan por la paz de México. Invitan a la gente: “¡Vente a bordar con nosotros! Si no sabes, te enseñamos”. Expertos y principiantes pueden venir a bordar el primer domingo de cada mes, en el Parque de la Ciudadela, en Barcelona. Esta mañana hay mujeres, hombres y un niño. El niño se llama Malik, tiene 11 años, y está bordando por Christopher.

Christopher tenía seis años. Lo leí en una crónica del diario mexicano El Universal. Tenía un sombrero, una máscara de luchador y un carrito azul que llevaba en un bolsillo del pantalón el día de su último juego. En su barrio de Laderas de San Guillermo (Chihuahua, México) lo llamaban El Negrito. Una tarde de mayo de 2015 salió a jugar cerca de su casa. En la calle se encontró con Valeria, su vecina, una adolescente de 13 años que iba con un perro medio muerto amarrado a una cadena. Le pidió a Christopher que la acompañara a deshacerse del perro, a tirarlo por un barranco. Alma Leticia y Jesús David, que también eran vecinos de Christopher, y dos hermanos de Valeria —Irving y Jorge—, los acompañaron.

Después de que los cinco adolescentes con edades entre 12 y 15 años remataron al perro a pedradas y puñaladas, Irving tuvo una idea: “Vamos a jugar a los secuestradores y pedir rescate”. Todos dijeron que sí. Christopher se convirtió en la víctima. Lo amarraron con la cadena que antes llevaba el perro. El niño lloraba y suplicaba: “Les juro que no le diré nada a mi mamá, pero, por favor, ya déjenme ir”. Le taparon la boca con un plástico. Lo tiraron al suelo y lo estrangularon con un palo que Valeria, “porque era la más gorda”, presionó con todo el peso de su cuerpo. “¡Déjenlo porque se está poniendo morado!”, avisó Irving. Pero Jesús David decidió que debían matarlo. Todos dijeron que sí. Lo apedrearon y le asestaron 22 puñaladas con el cuchillo que llevó Alma Leticia. Lo enterraron en un hoyo que cavaron entre todos. Después hablaron de ir a Guachochi, donde uno de ellos tenía un tío que “es la mano derecha de El Chapo”, y que tal vez podría ayudarlos a convertirse en sicarios de verdad.

México es un país agobiado por la violencia: “Las imágenes de cuerpos torturados en la prensa y hasta en las calles del propio barrio —escribió la filósofa Francesca Gargallo—, resultan en daños gravísimos a la confianza ciudadana”. El juego es algo serio. Los niños juegan a proyectar mundos imaginarios, también imitan la realidad. Influidos por su entorno, juegan a ser grandes y, mientras juegan, se divierten, investigan, aprenden. La banalización de la violencia, trasladada a los juegos de los niños, es un indicador del grado de deterioro que soporta una sociedad acechada por el espanto cotidiano.

Bordando por la Paz y la Memoria es una acción ciudadana que desde México se extiende a diferentes ciudades del mundo. Los encuentros se desarrollan en espacios públicos, para que los paseantes se acerquen y pregunten, para dar visibilidad a tantas desapariciones y homicidios. Mientras Claudia Villazón borda el triste final de Christopher, Malik borda un león de bigotes amarillos. Unirán los dos trozos de tela en uno solo, y lo colgarán junto a los demás bordados, ondeando al sol.

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Sorayda Peguero Isaac nació en República Dominicana. Actualmente reside en Sabadell, municipio de Barcelona. Los aromas, colores y sabores de su tierra se le escapan de los dedos a la hora de cocinar y escribir. En los ratos libres que le quedan persigue con la cámara de su celular a los artistas callejeros que va encontrando por el camino. Ha colaborado con Periodismo Humano, Yorokobu, Revista LaCasa y el Listín Diario. Actualmente escribe para El Espectador.

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