La Tregua

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Mario Benedetti. In memoriam (14/09/1920 – 17/05/2009)

por Lola Zavala
para mi tía Elo

En una lejana tarde de café y flores mi tía me contó que a veces sus tardes eran grises y aburridas. Sobre todo cuando no le era posible tejer. Por eso en mi siguiente visita no llegué sola: traía conmigo un tesoro.

Era La Tregua, el diario de Martín Santomé, que sabia y amorosamente escribió mi admirado Mario Benedetti. Quise que mi tía disfrutara, tanto como yo, de esa magnífica prosa. Que viviera aquel amor, tardío pero auténtico, de la mano del señor Santomé.

Semanas más tarde, en otra velada de café y flores, mi tía me contó lo feliz que la había hecho aquel diario. Que le habría gustado encontrar en su vida a alguien como Martín. Se sintió Avellaneda y amó a ese jubilado que también la amó tanto.

Otros libros no la hicieron tan feliz como aquél. Recuerdo que me comunicó angustiada que con Saramago se ponía mala. La historia de la ceguera le provocaba pesadillas. Pero igualmente llegó hasta el final aunque, confesó, no quería volver a recibir nunca más libros como ese.

El recuerdo de La Tregua para mí siempre va ligado a mi tía, a Martín Santomé, a la hermosa Avellaneda y, por consiguiente, a Mario Benedetti, el origen de todo.

Mi querida tía murió en octubre del año pasado. Yo hacía casi un año que no la veía. Contaba ansiosa los días que faltaban para que llegara diciembre y pudiera verla de nuevo, pero la muerte se nos adelantó. Días después de tan terrible noticia, recibí un hermoso tesoro. Era una foto de las palabras que mi tía escribió en tinta roja en aquel diario que le regalé:

Este libro me lo regaló Lolita. Me ha gustado mucho, me siento Avellaneda, me habría gustado encontrar un hombre como el que escribió este diario. Gracias Lola. 2/III/99

El libro y las palabras de mi tía también se fueron antes de que yo pudiera volver para recuperarlos, de manera incomprensible, acabaron entre las cosas que se sacan de una casa cuando su dueña ya no estará más para gozarlas y que a nadie le provocan ningún interés.

Yo quiero pensar que algún día, en la inmensa Ciudad de México, la historia de Martín Santomé, su amor por Avellaneda y el que les profesó a ambos mi tía, llegarán a manos de alguien que tendrá tanto la curiosidad como la fortuna de leerlos para así traerlos de nuevo a la vida.

Si alguien encuentra mi tesoro espero que lo disfrute tanto como nosotras, como también ansío que algún día ese amoroso tesoro aparezca, por fin, de nuevo a mi lado.

elo

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