Pérez

Eduardo Galeano

Cuando Mariana cumplió seis años, algún vecino de Calella de la Costa le regaló un pollito azul.

El pollito no sólo tenía plumas azules, que lanzaban destellos violáceos al sol, sino que además meaba azul y piaba azul. Era un milagro de la naturaleza, quizás ayudada por alguna inyección de anilinas en el huevo.

Mariana lo bautizó con el nombre de Pérez. Fueron amigos. Pasaban horas charlando en la terraza, mientras Pérez caminaba picoteando migas de pan.

Poco duró el pollito. Y cuando llegó a su fin esa breve vida azul, Mariana se sentó en el piso, como para no levantarse nunca, y allí se quedó, la cabeza caída, la vista clavada en una baldosa. Sollozaba, no hablaba. Sólo habló para decir:

–Apena la vida sin Pérez.

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Pérez / Eduardo Galeano.
¡Qué triste este mundo sin él!

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