Al parecer

por Juan Honey

La burocracia, por su volumen y hondura, quizá constituya –junto con la lengua castellana–, la más vistosa y perdurable herencia que nos dejara a los latinoamericanos los 300 años de conquista que sufriéramos, hasta hace dos siglos, por parte de lo que ahora se denomina España. Debe tomarse en cuenta que la burocracia se erige como elemento de estructuración nacional, por lo que cada Estado, para la creación de sus propios mitos, redefine procedimientos, excepciones y recovecos. Más aún, los cambia cada tanto, como si de ahí obtuviera el oxígeno necesario para la auto conservación.

Cualquier estudiante de América Latina que obtiene un título relacionado con la educación en estas íberas tierras debe conseguir que el documento acreditativo sea «apostillado». Esto significa hacerse con la «Apostilla de la Haya», ítem misterioso –para los no iniciados– que promete el acceso a más sitios que la más famosa y manida contraseña de la historia: «ábrete Sésamo». Resulta extraño que en las gestiones académicas de las facultades universitarias te miren con ojos de vaca cuando les pides instrucciones para llevar a cabo la empresa hayística. Concluyes que debes valerte de tus propias herramientas para apoderarte del Santo Grial.

Mi primer enfrentamiento con este trámite tuvo lugar en la capital del eximperio –en ese entonces, sólo ahí podía llevarse a cabo. Tras una larga jornada de viaje desde Barcelona llegué a una oficina del Ministerio de Educación, ubicado en el Paseo de la Castellana. Fui enviado a una planta superior del edificio. Envuelto por el potente calor seco del agosto madrileño, observé las puertas del ascensor abrirse. Frente a mí se extendían kilómetros de desiertos pasillos. Toqué en una puerta y otra, y otra –de esas recubiertas en formica–, dentro de ese laberinto funcionarial, hasta que una se abrió. Le expliqué el motivo de mi búsqueda a la mujer que asomó, perpleja al encontrarse con que otra persona deambulaba por ahí. Me introdujo en su madriguera. Ella, la reina estival de los corredores ministeriales, se encargaba del trámite.

Extendí mi certificado académico y mi papel sustitutorio del título sobre su escritorio. Los leyó. Me preguntó si sabía catalán. Le contesté afirmativamente. «¿Me puedes traducir esto?», señaló donde estaba impreso «cap de l’Àrea d’Afers Acadèmics». «Jefe del área de asuntos académicos», respondí. Masculló una frase inentendible. Apuntó en un papel el nombre de la universidad que me expedía la documentación, de la facultad y del cap de l’àrea. Se levantó de su asiento y se dirigió a un enorme archivo, a mis espaldas. Buscó largos minutos. Extrajo de un cajón una pequeña tarjeta en donde constaba la firma original, por duplicado, del funcionario requerido. Tarjeta en mano, de vuelta al escritorio, comprobó con celo de grafóloga la similitud de las rúbricas en su poder con las que adornaban mis documentos.

Satisfecha con el resultado, estampó un sello en mi sustituto de título y, otro, en mi expediente; escribió su nombre, y firmó. Se leía en cada uno de los tampones: «Visto bueno del Ministerio de Educación para legalizar la firma de [fulanito de tal] por ser, al parecer, la suya» (cursivas, de profunda estupefacción, agregadas por mí, pues «la suya» se refiere a la firma del fulanito de tal). Concluida esta etapa, me dirigí al Ministerio de Justicia para que agregaran la «Apostilla de la Haya». Ésta no hace otra cosa que autentificar la rúbrica de quien dio el visto bueno –con salvedades– a la firma del responsable de la universidad, en el Ministerio de Educación. Al final del procedimiento, lo que se tiene, pues, resulta un papel que asegura que tal vez las firmas de tu documento las imprimió quien debía hacerlo. De contundente seguridad institucional, se halla más bien poco.

Hoy en día este trámite se realiza en cada capital de provincia y ya no se recurre al almacenamiento en tarjetas de las rúbricas de cada encargado de cada gestión académica de cada facultad de cada universidad del Estado español. La burocracia conoció, felizmente, los ordenadores e internet, y les ha sacado –con sus particularidades– provecho. Lo que no se ha conseguido –carencia inherente al ser humano–, es la certeza total: el sello, todavía, lleva la misma leyenda «por ser, al parecer, la suya»

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